Denuncian la presencia de una mafia rumana de la mendicidad
24 mar 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Dice la policía que las monedas que caen en sus manos les pasan de largo. Ruedan a bolsillo ajeno. Al peto de quien les pagó el billete desde Rumanía y les da techo en un piso inmundo. Añaden a esto los agentes que la mafia exige a sus explotados un buen pellizco de la recaudación, «entre un 80 y un 90 por cien». Con eso no les queda ni para bocadillo. En la plaza de Lugo, vecinos y comerciantes lo llevan viendo desde hace muchos años. «Pero ahora cada vez son más», dicen.
Acabar con estas mafias «es muy complicado», según fuentes policiales. Primero, porque no se detiene ni se denuncia a nadie por mendigar -una normativa municipal del 2003 castiga la mendicidad, pero la que se hace con niños o se aprovecha de ellos. De la de los adultos no da cuenta-. Y segundo, porque las víctimas no denuncian su situación. Sin eso, «nada o casi nada se puede hacer».
La mafia hace madrugar a su plantilla. A la hora en la que se reparte el pan, ya hay una docena de personas, sobre todo mujeres, pidiendo limosna en la plaza de Lugo. Unas extienden su mano en las escalinatas de la iglesia de Santa Lucía, otras se reparten los negocios más frecuentados de la zona, sobre todo panaderías y supermercados. Sobre las dos de la tarde disfrutan de una hora para comer -la dieta no pasa de un mendrugo o una palmera de chocolate- y vuelven a sus puestos hasta que termina la última misa del día, sobre las ocho de la tarde. «No acosan ni molestan a los clientes. Por ahí no hay queja», explica la dependienta de una tienda de Padre Feijoo.
Un furgón los recoge y los traslada a un piso en algún lugar de la ciudad o comarca. ¿Eso es todo? Ni mucho menos. Porque esa misma furgoneta ha de hacer varios viajes para dejar o recoger a otros mendigos repartidos por semáforos y distintos barrios de la ciudad.
Un comerciante que lleva años en la plaza de Lugo tiene registrada, como la caja negra de un avión, la tragedia desde cada ángulo. Relata que la furgoneta blanca que los deja a primera hora de la mañana -«cuando abro a las 8 ya andan por aquí», dice- y los recoge cuando cae la noche aparca cada día en un sitio distinto. Añade que la gran mayoría son mujeres y que no se ven niños. Cuelgan un cartel. Es el mismo para todos, escrito a ordenador salvo el espacio del número de hijos, que cada cual lo pone a mano.