El político solo piensa en la próxima elección, el hombre de Estado, en la próxima generación. Otto Von Bismarck clavó hace más de un siglo uno de los muchos males que aún azotan a la sociedad actual. Estamos saturados de políticos en su peor acepción, y se extrañan dirigentes con visión de futuro. Tipos con discurso, valientes, capaces de asimilar la incomprensión que acompaña el cargo en ocasiones... Esa nociva inmediatez, esa falta de proyecto, ha sido un lastre para Vilagarcía a lo largo del último siglo. Salvo honrosas excepciones, la capital de la comarca ha adolecido desde su nacimiento de alcaldes de Estado (permítanme que deconstruya al amigo Bismarck). Hoy no resulta fácil identificar qué es lo que pretende ser Vilagarcía, y ese fracaso no es responsabilidad exclusiva del actual gobierno, sino de muchos de los que lo precedieron. Si quiere ser una ciudad con vocación industrial, de servicios o turística... Si pretende liderar a una comarca con una masa crítica de 80.000 personas o si ha decidido aparcar definitivamente esa aspiración para enrocarse en una mirada a su ombligo. El centenario del concello podría ser un sólido argumento para plantear un debate de ideas en torno al futuro, sobre las bondades y problemas de Vilagarcía, sobre lo que quiere ser y los medios de los que se disponen para conseguirlo, pero sospecho que nada de eso se materializará. Ojalá me equivoque, pero intuyo que se pondrán un par de estatuas, se presentarán uno o dos libros y con ello se cubrirá el expediente. Nada de ideas, ni autocrítica o visión de futuro. Al fin y al cabo, siempre hay una elección a la vuelta de la esquina.