La fisterrana Begoña Valdomar es la hospitalera del fin del mundo, que nutre su experiencia vital con toda la carga emocional que le trasladan los caminantes del último tramo de la ruta jacobea
05 feb 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Antes de que existiese siquiera el albergue y de hacerse cargo de él en 1997, la fisterrana Begoña Valdomar Insua ya había hecho distintos tramos del Camino y esa experiencia como peregrina primero que hospitalera le ha dado una sensibilidad especial para comprender lo que pasa por la cabeza y por las piernas de personas que en algunos casos, cuando llegan a ella, llevan miles de kilómetros a sus espaldas. «Moitas veces, antes de que abran a boca, xa sabes o que che van preguntar», explica Valdomar, que se siente afortunada por desempeñar un trabajo en el que hace de «psicóloga, nai e irmá». Tanta implicación personal «ten cousas boas todos os días, porque vas recollendo o que che vai dando cada un», pero también desgasta porque convierte en propios muchos problemas ajenos y «por duro que sexas, acábache afectando». Entre esas experiencias más que desagradables, la hospitalera del Fin del Mundo, nunca borrará de la memoria un caso en el que le tocó ser portadora de la peor noticia posible: «Era unha muller que viña coas compañeiras, toda chea de ilusión. A min xa me chamaran antes e, cando chegou, tiven que dicirlle que se preparara para marchar, que viñan buscala porque a súa filla de 20 anos acababa de morrer nun accidente de tráfico».
Al margen de situaciones tan extremas como esta, todos los peregrinos, a los que Begoña jamás pregunta por qué vienen, traen consigo una inmensa carga emocional, superior a la que puedan experimentar en el resto de los tramos de la ruta. «Non hai outro punto que ao longo dos séculos xuntase tanta maxia. O faro é un final físico tremendo. Unha vez que chegas, como non queiras dar un paso cara a outro mundo, non che queda máis remedio que dar volta. Por iso tés unha mistura de sensacións: un 50 % de alegría por chegar e outro tanto de tristura porque se acaba».
Valdomar, que además preside la Asociación de Amigos do Camiño, piensa que este bien hay que preservarlo, porque «o peregrino non é un turista» y tanto la masificación de la ruta como algunas prácticas irregulares ponen en peligro esta magia. «Vai chegar o momento de ter que sentármonos todos os que temos algo que ver con isto e discutir cara a onde queremos ir, porque hai determinados vicios e historias que o están fastidiando», afirma la hospitalera, que incluso desde una perspectiva puramente mercantilista, que ella rechaza, cree que a los concellos por los que pasa la ruta les conviene cuidar el Camino, porque «en moitos sitios non vai haber outra cousa». Para este objetivo, como para todo, Valdomar es una firme defensora del papel de la sociedad civil, al estilo de lo que ocurrió con el Prestige, un episodio del que en el albergue son «reacios a falar» por el dolor que generó y lo tienen «aí tapado», pero que dejó un ejemplo de responsabilidad comunitaria más necesario que nunca. «Iso que pasou no 2002 bótoo en falta agora cando estamos pasando un auténtico Prestige social e non somos capaces de facer nada», concluye.