La melancolía en tu corazón y la pensión no contributiva en tu bolsillo son los mejores exponentes de la insensibilidad de la sociedad actual. Estás, querido artista, aislado en el pueblo valdeorrés de Valbuxán, cuando tendrías que estar en museos, institutos y centros artísticos. Triunfaste como pintor en París, Madrid o Barcelona cosechando las mejores críticas. Después, con la contribución de tu espíritu tímido y conformista, llegó tu exilio bolés y la miopía de unas autoridades incapaces de rescatarte de la indignidad de vivir solo, y con estrecheces, en una provincia que despilfarró dinero con impudicia. Ya sé que pedir un reconocimiento para ti es predicar en el desierto. Nadie moverá un dedo. Te irás a la tumba y te lloverán piropos de una sociedad que, según decías en La Voz, no te dio «a máis mínima axuda». Estás en una longa noite de pedra, en palabras de Celso Emilio Ferreiro, el poeta que escribió que tenías «unha obra de proxección universal; xenuína, enxebre, vasta e fundamentalmente humana». Esa humanidad que falta hoy para apoyar a genios irrepetibles como tú.