No soy muy dada a visitar centros comerciales. Es más, busco la menor excusa para evitar hacerlo. Puede ser porque para mí representan el aspecto más voraz del capitalismo, o el borreguismo de esta sociedad o porque no sé quien disfruta de sus elevados beneficios. Tal vez sea mi granito de arena en defensa del comercio tradicional. Pues con estos antecedentes, casi por carambola, esta semana me vi en el aparcamiento de un Ikea, el gigante sueco en el que todo es chino, ¡a excepción de unos dulces y un vino! Para empezar, a falta de carteles, hube de preguntar por la entrada del laberinto y la sección que buscaba.
Después de seguir un sinuoso camino, propio del juego de la oca, llegué a mi destino... ¡y ahí empezó el calvario! Para que me atendiera una vendedora tuve que esperar un buen rato. Cuando por fin la tuve delante me preguntó. «¿Es la primera vez que compra en Ikea?». Interrogante detrás del cual no se podía esconder nada bueno. En efecto, acto seguido pasa a describirme el alambicado proceso de compra en el que, resumiendo, yo tendría que hacérmelo todo. Una vez elegidos los productos deseados me entregaron una hoja para que lo buscara y cargara en el almacén. ¿Dónde está y cómo llegar a ese almacén? En la planta de abajo, pero tenía que volver atrás todo lo andado -no hay salidas intermedias- y después hacerme todo el circuito de la planta baja porque está al final. Así se aseguran, a costa de tus piernas y tiempo, que verás todo lo que venden.
Después de coger un carrito empiezo a buscar en las 12 ó 13 secciones de cada una de las 27 estanterías existentes. En uno de los productos había un cartelito que rezaba: «producto pesado, avise al personal para que le ayude». ¿Dónde está el personal? Después de intentar llamar la atención de las dos únicas personas que vi, tuve que cargarlo como pude. En otro «producto agotado, pregunte a nuestro personal», más de lo mismo. Con el carro cual seiscientos en salida de vacaciones de los 70, me dirijo a las cajas donde me vuelven a preguntar si es la primera vez, por lo que intuyo que también eso tendré que hacer. Pero como ya en ese punto me hervía la sangre opté por hacerme la tonta, cruzando mi vehículo de forma que obstaculizaba cuatro cajas. La chica que regula el tráfico, después de lanzarme una mirada asesina, decidió hacerlo ella; lo festejé con un guiño a los que esperaban contestado estos con una sonrisa.
Todavía me faltaba un producto, que me entregarían al fondo, delante de una pantalla verde. Me informaron de que tardaría ocho minutos. Mientras, le pedí la factura para lo cual me dirigieron a unas pantallas de ordenador para que me la hiciese yo misma. Al tercer golpe a la maquinita apareció otra chica que «amablemente» me la hizo ella para que no la rompiese. Con serias dificultades, debido a su peso, cargué lo que faltaba y me marché echando pestes. Resumido: surtido escaso, lo barato es de ínfima calidad, lo bueno es caro, tienes que hacer un curso para comprar y hacer absolutamente todo tú. Moraleja: no te dejes engañar por la marea y compra donde haya un precio justo y buen servicio. Ahorrarás.