Miembros de Renacer, la Cruz Roja o la Cocina Económica dan su visión de la situación
02 nov 2012 . Actualizado a las 07:00 h.El trabajo hace callo. Y si se desarrolla con los más desfavorecidos este no se genera solo en las manos. Ni en Renacer, ni en el Semus de la Cruz Roja, ni en la Cocina Económica se andan con sentimentalismos, lamentos o excesivas quejas. ¿La situación es dura? Sí, pero precisamente por ello hay que ponerse a trabajar para ablandarla lo más posible. Ese hilo podría unir a José Pernas, Raquel Budiño y Emilio Suárez.
El primero dirige Renacer, en cuya red de pisos pueden encontrar cobijo 60 personas. En invierno se estira todo un poco: «Cuando llega el frío la necesidad de alojamiento es mucho mayor. Tiramos de sofás y de todo lo que podamos para acoger a cuanta más gente mejor», explica Pernas, que advierte de un nuevo perfil de sintecho: «Ahora hay gente que llevaba una vida normal y que, de pronto, con la crisis se quedó sin trabajo. Con 57 o 58 años no sabe por dónde tirar. Muchos, que no tienen familia, terminan en la calle. Nuestro trabajo consiste en proporcionarles un piso en el que pueden vivir del modo más normal posible».
Raquel Budiño, por su parte, trabaja en el Servicio Municipal de Urgencias Sociales de la Cruz Roja (Semus). Cuando las temperaturas bajan de 4 grados o hay vientos superiores a 80 kilómetros por hora su unidad entra en acción: «Damos cobertura en la calle, facilitamos sacos, mantas, bebida caliente y galletas y también hablamos con ellos para intentar que vayan a algún albergue». Su horario presencial va de seis de la tarde hasta la medianoche, quedando disponibles hasta las nueve de la mañana para cualquier emergencia. Después de tantas noches, ya conocen a casi todos los sintecho que hacen noche en San Andrés, calle Real o plaza de Pontevedra. Se niega a generalizar: «No hay un perfil tipo, te encuentras de todo, personas a las que les ha afectado la crisis, otras que arrastran trastornos psiquiátricos y otras con problemas de alcoholismo».
Nueva perola
En la Cocina Económica ha aumentado tanto la demanda que sus responsables se han visto obligados a comprar una nueva perola de 1,20 metros hace dos meses. El tesorero de la entidad, Emilio Suárez, explica lo que ha supuesto el cambio: «Hemos pasado de 600 raciones diarias a 750. La comida para llevar a casa ha subido muchísimo».
Esa demanda se mantiene todo el año. Pareja a ella se encuentra la del alojamiento, que se incrementa ahora. La Cocina Económica también echa una mano. «Asumimos el gasto de alojamiento de entre 10 y 12 personas, mientras la trabajadora social intenta lograrles una paga no contributiva».