20 oct 2012 . Actualizado a las 19:51 h.

Para mi abuelo Eduardo no había duda: mi madre se llamaría Teresa. Por mucho que insistiese su hermano Antonio, no pensaba cambiar de idea. En la vieja casa de la calle del Príncipe, frente a La Favorita, no había sitio para el debate: «¡Si nace niña, Teresa y se acabó!». Hasta el último babero estaba ya bordado con ese nombre.

Pero quiso mi madre nacer el 14 de febrero de 1943, que fue domingo. Ese día el Celta jugaba contra el Real Madrid en el viejo estadio de Chamartín. Por la mañana, a mi abuela Manolita le sobrevinieron los dolores del parto. Y se desató en la casa el alboroto. Mi abuelo bajó a la librería que la familia regentaba en los bajos. Desde allí, llamó a la comadrona y pronto la casa se llenó de gente. Fue entonces cuando mi tío abuelo Antonio hizo su último intento: «Si el Celta gana hoy en Madrid, le pones Victoria, que es muy vigués», dijo entonces.

Abrumado por los acontecimientos, mi abuelo Eduardo aceptó la apuesta. A las cinco comenzó el partido y la ciudad se pegó a la radio. Todos, menos mi abuela, que bastante tenía con el parto. A los diez minutos, se adelantó el Celta, con un gol que marcó Del Pino. Pero, ya antes del descanso, los merengues remontaron, con tantos de Alonso y Alday. Desde los balcones del Príncipe, se iba radiando a los paseantes el resultado.

El delirio llegó en la segunda parte. El empate a dos lo marcó Clemente, en propia puerta. Y el delantero Roig, con dos cabezazos en dos córners, dejó el 2-4 definitivo. En el mismo momento en que terminaba el partido, nacía en un primero de la calle del Príncipe una niña que se sigue llamando Victoria. Hay quien dice que, en lugar de llorar, aquel bebé, de familia viguesa y celtista de toda la vida, gritó: «¡Gol!».

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