A estas alturas del vodevil en que se ha convertido España una se toma con resignación casi todo. Incluso la boutade de Xosé Manuel Beiras, quien llegó a acusar a Nuñez Feijoo de «matar más gente que ningún grupo terrorista» (sic). Una afirmación desmedida, aunque después la matizó, pero que muestra a las claras el estercolero por donde pisa la clase política. Unos y otros, que perlas las hay procedentes de todos los partidos. Parece muy poco edificante que un político con aire de gentleman, de casa solariega con piano de cola y 76 primaveras bajo su traje blanco impoluto, se descuelgue con tamaño exabrupto. El problema es que los políticos del arco racional, con su desidia e irresponsabilidad, provocan el auge de los radicales de izquierda y derecha.
Estamos asistiendo a una procesión que, a poco que la dejemos, puede acabar con muchos años de esfuerzo por las libertades. El ministro de Justicia que ahora sí se muestra tal cual es -a diferencia de cuando se postulaba-, apoyado por cargos significativos del PP más radical, está lanzando globos sonda en unos casos y planteando directamente reformas legislativas en otros, que sustraen derechos incluso reconocidos por la Constitución.
A la creciente fiebre de recortes sociales, laborales y económicos se suma el recorte más peligroso: el de las libertades. Ante la mayor degradación social de la historia de este país, la estrategia parece clara. Por una parte estigmatizar cualquier protesta como radical, antipatriótica y asimilarla a la kale borroka. Y por otra lanzar una ofensiva mediática previa sobre la necesidad de «modular» el derecho a manifestarse, imponer sanciones a todas luces abusivas a los convocantes de las mismas, intentar procesos judiciales inauditos o investigaciones que conculcan derechos fundamentales.
Lo último es intentar prohibir la publicación de imágenes de policías en las cargas contra los manifestantes. Incluidas las que muestren evidentes abusos. Curiosamente algo también prohibido en países de tanta tradición democrática como Irán, China, Cuba o Corea del Norte.
Otro sainete con acto día sí, día también, es esta guerra de nacionalidades que se han sacado de la manga el PP y CiU. Mientras no se hable de paro, miseria, hambre o desahucios vale a los primeros. Si no se habla de la nefasta gestión económica de Cataluña durante los últimos 30 años, mejor para los segundos. Unos entraban en un otoño muy complicado y los otros en una alarmante pérdida de popularidad. Gracias a tan demagógica guerra han conseguido mantener prietas sus filas, sumar muchos incautos a tamaño despropósito y asegurar réditos electorales a todas luces espurios. ¿Hasta dónde habremos de llegar para que se imponga el sentido común? ¿Qué debe pasar para que cambie la forma de hacer? Espero que no lamentemos el haber iniciado esta deriva que radicalizará más la vida de este país ¡Qué poca generosidad y sentido de Estado!.