Guardias civiles en motocicletas. Guardias civiles en automóviles. Guardias civiles en furgonetas. El paso de la serpiente multicolor por las calles de Vigo se convirtió ayer en una interminable sucesión de beneméritos agentes. Hasta tal punto que alguien se preguntaba en las redes sociales quiénes eran los dos hombres que, montados en sendas bicicletas y vestidos con mallas de colores, perseguían el pelotón de guardias civiles que encabezaban la etapa. Se supone que es necesario tal despliegue de uniformes verdes para ordenar un evento semejante, aunque también lleva a preguntarse quién realiza su trabajo habitual mientras recorren la geografía hispana abriendo paso con tanta diligencia.
Y entre tanto discípulo del Duque de Ahumada brillaba la sonrisa de un hombre feliz. El presidente de la Diputación de Pontevedra que, como un niño con zapatos nuevos, perseguía emocionado a los dos hombres que, vistiendo unas mallas de colores sobre sendas bicicletas, iban tras el pelotón de guardias civiles. Eso sí, en automóvil. Iba feliz. Asomando medio cuerpo por la ventanilla superior de un vehículo de la organización y sin perder detalle de lo que mostraban las calles de Vigo.
Esa parte del espectáculo estuvo bien, pero a mi me gustó más lo de la Guardia Civil. Aunque, para ser sinceros, me hubiera satisfecho plenamente esta vistosa cabalgata de agosto si se pudiese ver el muestrario completo. Del cuerpo del tricornio tocado, me refiero. Es decir, guardias civiles a caballo. Guardias civiles en su versión de buceo, con sus aletas, gafas y tubo. Guardias civiles en helicóptero. Y si me apuran, y por eso de tratarse de la Vuelta Ciclista a España, en bicicleta. El maillot verde lo tendrían asegurado.
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