El rector del Seminario recibió en la Anexa espíritu crítico y tolerancia
27 ago 2012 . Actualizado a las 06:00 h.Las palabras libertad, respeto, pensamiento y compromiso se atropellan con los recuerdos en la charla entre pupitres de Ángel Feijoo Mirón (Ourense, 1960) y Gonzalo Iglesias Sueiro (Ourense, 1948). El rector del Seminario hizo sus primeros descubrimientos de Historia con apenas 7 años gracias a las clases-teatro del que entonces era un cristiano militante del Partido Comunista y más tarde llegaría a ser un conocido rostro del PSOE. 45 años después, los dos se reconocen en el tiempo y, sobre todo, en los conceptos.
«Ángel es una persona con la que cualquiera tiene sintonía, desprende energías positivas», se adelanta Gonzalo. Y Ángel vuelve a sus 7 años para revivir «una infancia feliz. Recuerdo ir a la escuela de Os Peares con dos años de adelanto porque iba con mis hermanos mayores; después vinimos a vivir al Puente y estuve 3 años en la Aneja; con 9 me fui al Seminario porque el párroco, D. Jesús Álvarez Pousa, se lo propuso a mis padres; empecé a tener becas y aquello era un descargo económico para mi familia».
Más tarde llegaría la licenciatura en Filosofía en Roma, la vuelta a Galicia para la mili -juró bandera vestido de cura-, la docencia en la Academia Naval de Marín -le dio clases de ética a Felipe de Borbón-, más estudios y 20 años de profesor en el Seminario de Ourense.
Su primer recuerdo de este enorme edificio suena a metáfora del tempus fugit: «Llegué con 9 años y pantalón corto; mi primer pantalón largo lo puse aquí, ¡hacía un frío! En aquella época había muchísimos alumnos. Solo en mi curso éramos 140; hoy hay 70 alumnos en todo el centro».
En sus tres años previos en la Aneja, el futuro seminarista se encontró con Gonzalo, tercero de una generación de docentes con pedigree, los Sueiro: «Yo siempre traté de imitar a mi abuelo». ¿Lo consiguió? Le queda la duda: «El sistema está montado para valorar al alumno en función de su capacidad cognitiva y su nivel de instrucción. Yo ahora valoro mucho la actitud; más que las capacidades intelectuales, el intento de aprender, de compartir, de respetar».
Y en esas palabras se encuentra de nuevo con Ángel: «En la Aneja éramos niños experimentales -se ríe- porque allí hacían prácticas todos los jóvenes de Magisterio». Y allí le transmitió Gonzalo la necesidad de cuestionar las verdades absolutas y la sabiduría de la tolerancia frente a la instrucción fría: «Antes había más maestros y más discípulos; hoy hay más profesores y más alumnos. La relación discípulo-maestro es mucho más afectiva e intensa. Para ser libre y tener compromiso social hay que saber pensar. Y ahí entra el maestro. Yo prefiero ser recordado como alguien que os enseñó a pensar, no como un buen profesor que impartió doctrina». Ángel no tiene dudas: «Es una persona a la que hay que escuchar».
el alumno
«Era un niño de la media alta de la clase, un buen alumno, bien educado. Estaba en un curso receptivo a la enseñanza, no solo a la instrucción. Había una comunión con la clase que llevaba a la fluidez y de ahí, al afecto. Yo he tenido unos 3.000 alumnos y entre los cursos que recuerdo está el de Ángel. Ángel era receptivo y participativo».
el MaESTRo
«Gonzalo nos formó con contenidos intelectuales transmitidos con valores humanos. Nos dio capacidad para estudiar y eso nos abrió posibilidades muy diferentes. Recuerdo un aula con grandes ventanales y que Gonzalo no se sentaba nunca. Allí no había castigos corporales; jugaba con nosotros y leíamos libros que él nos traía de casa».