En las dependencias de la Guardia Civil de Ourense subastado públicamente un arsenal en perfecto estado. El mercado de las armas también existe
24 abr 2012 . Actualizado a las 07:00 h.Trescientas escopetas juntas, una al lado de la otra, impresionan. El arsenal estaba ayer estibado en perfecto estado de revista en una de las dependencias de la comandancia de la Guardia Civil de Ourense, donde fueron públicamente subastadas. A su alrededor, un grupo de agentes abriendo plicas y una docena de curiosos atentos a ver si se llevaban el lote por el que habían pujado.
Ayer no se podían hacer ofertas. El pretendiente de cada escopeta ya la había visto, y depositado un sobre con su oferta la semana pasada.
Sobre las mesas, miles y miles de cartuchazos disparados por los montes de toda la provincia: escopetas de todo tipo y condición, testigos de incontables partidas y de un mundo que se acaba. Marcas míticas grabadas en sus cañones: Remington, Winchester, Browning, Beretta, Hermanos Zabala... Uno de los presentes le ha echado el ojo a un clásico, una Víctor Sarasqueta por la que ha pujado: «Me gustaron los grabados», dice.
En otra mesa hay una veintena de pistolas y revólveres. De todo tipo, desde las Star del Ejército a complicadas customizaciones para tiro de precisión, pasando por un pistolón made in USSR sobre el que sin duda, se podría imaginar una historia fascinante. Un hombre joven dice haber pujado por una de ellas: «Es una Star que ya no se fabrica».
-¿Y para qué la va a usar?
-No pienso usarla. Soy coleccionista.
Coleccionar pistolas es, sin duda, una afición singular. Así que no hago más preguntas e intento fijarme en los precios. Los hay muy baratos. Cincuenta euros y menos. Armas de saldo. «Todas funcionan», aclara un guardia civil. La puja mayor supera los 700 euros y se adjudica un rifle que, según un experto, nuevo puede superar los tres mil. Una ganga, al parecer.
Todas las armas que hay en la estancia, suficientes para pertrechar a un batallón, han sido depositadas por sus dueños por razones diversas. La más clásica, la renuncia de un cazador. Una viuda y su hijo forman parte del restringido público en la sala. El titular de la escopeta falleció y, tras entregar el arma a la Guardia Civil, esta pasa a subasta con un precio de salida marcado por el propietario. Ayer nadie pujó por la carabina. Así que el año que viene volverá a buscar un nuevo dueño. Si en tres convocatorias nadie hace una oferta, se convertirá en chatarra.
Por la mínima
En realidad, ayer apenas fueron adjudicadas medio centenar de las 342 armas en exposición. Un signo de los tiempos que corren, que no están para nada y menos para escopetas. Al menos de momento. Encima, varios de los que mostraron el interés suficiente como para acercarse por allí para ver cómo se resolvían sus ofertas, se fueron con el rabo entre las piernas.
Entre los defraudados estaba el que codiciaba la Víctor Sarasqueta. Otro ofreció 30 euros más que él, se lamentaba acariciando los oscurecidos grabados en el vientre del arma perdida. Hasta que llega otro más fastidiado: «¡Por un euro!». A este le birlaron la escopeta por la mínima: pujó 200 y otro ofreció en su sobre 201. «Sempre hai que poñer un euro máis do que se pensa. E mellor un euro e medio», pontifica el que falló por 30. Tomo nota del consejo, aunque de poco me va a servir porque, la verdad, siento un extraño alivio mientras me alejo de las escopetas.
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