Poder, filias y fobias en el mundo de la alta moda

Las grandes marcas, en manos de dos empresas y un puñado de artistas


redacción / LA VOZ

«La moda no es arte, pero necesita artistas para llevarla a cabo». La frase es de Yves Saint Laurent y deja claro qué tipo de egos están en juego cuando se habla de moda. Entre los diseñadores hay de todo, pero entre tanto talento y afán por destacar surgen las personalidades, por decirlo de forma eufemística, singulares. Y con ellas las filias y las fobias. La química entre unos y otros explica en gran medida los cambios de un creador de una casa a otra, y por tanto la evolución de las mismas. De lo que más hay, sin duda, es de odios. Legendario fue el enfrentamiento entre Yves Saint Laurent y Karl Lagerfeld, que comenzó siendo jóvenes, cuando el primero ganó un concurso al que aspiraba el segundo. O el de YSL con la casa Dior -prescindió de él cuando se fue a hacer el servicio militar- tanto que la que metió en un pleito y con el dinero conseguido montó su propio negocio. Pero las fobias no son cosa del pasado. Marc Jacobs tiene grandes enemigos íntimos, Tom Ford se enfrentó absolutamente con YSL y, a otro nivel, con Stella McCartney; esta, a su vez, tuvo sus más y sus menos con su sucesora, Phoebe Philo...

El gran problema de la moda es que además de belleza y creatividad es un negocio. Y redondo. El cuarto hombre más rico del mundo es Bernard Arnault, dueño de LVMH (Louis Vuitton Moët Hennessy) con más de 31.000 millones de euros. En el puesto número 59 está François Pinault y familia, accionistas mayoritarios del grupo PPR (Pinault-Pintemps-Redoute), cuya fortuna supera los 10.000 millones de euros. Al margen de Amancio Ortega, quinta fortuna mundial y lejano -todavía- al mundo del lujo, este se reparte entre LVMH, el gran gigante que tiene a Dior como emblema, y su inmediato competidor, PPR, con Yves Saint Laurent como enseña. Prada -Miu Miu y Prada en moda, complementos y perfumes- es, pero ya a mucha distancia (5.100 millones de euros), la tercera en discordia.

Demasiada presión

Barajar estas cifras supone una presión añadida para los diseñadores. Hay algunos que tienen que afrontar cuatro grandes desfiles al año -para la firma «importante» y para la suya propia- y algunos como Karl Lagerfeld están detrás de las colecciones de Chanel (que tiene alta costura, también), Fendi y Karl Lagerfeld; es decir, ocho colecciones anuales.

Esta presión por sorprender, hacerlo siempre bien, mantener equipos de decenas de diseñadores -unos esperando su oportunidad y otros rumiando su decepción-, mina la salud del más duro. Eso, dicen, le pasó a Galliano, y a McQueen, como antes lo hizo con YSL.

Y en este contexto, una de las grandes casas, Dior, sigue sin cabeza. Bill Gaytten ejerce de director, pero está lo suficientemente cerca de Galliano para no innovar y de tener un genio propio. Además, hay varios primeros espadas sin destinos conocidos que seguramente encontrarán pronto acomodo: Stefano Pilati, que ya paró en Cerruti, Armani, Prada y acaba de dejar YSL; y Raf Simons, que se despidió en Milán, sonriente, de Jil Sanders.

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