Las inversiones extranjeras directas recibidas o realizadas por un país pueden deberse a tres tipos de deslocalizaciones, todas frecuentes en la actual economía globalizada: de sectores de actividad, por ampliación de demanda o por segmentación de procesos productivos. Una pequeña economía como la gallega tiene mucho que ganar, y poco que perder, tendiendo puentes inversores hacia/desde la economía global. Inditex y Citroën son buenos ejemplos. En la pasada década, ni las inversiones recibidas ni las realizadas desde Galicia se acercan a la media española. Ni en euros por habitante ni en una cuota que se acerque a nuestro porcentaje en el PIB español. En un informe del 2009 se constataba esa falta de atractivo como destino, aunque se matizaba que en lo relativo a la inversión realizada las cosas estaban cambiando gracias a la apuesta inversora de grandes empresas gallegas de confección, pesca o construcción.
En todo esto, Asia y el Pacífico no parecían tener aún el protagonismo que aconsejaría su papel en la actual economía global. Tampoco la eurorregión Galicia-Norte de Portugal canaliza todas las sinergias inversoras que el mercado conjunto permitiría y que la experiencia comercial internacional lusa potenciaría.
La recesión empeoró más la recepción. Así acabábamos la década con menos del 1 % del IDE recibido en España, y sin superar el 3 % de las inversiones realizadas hacia la economía global desde la española. Por eso las cifras del 2011 deben verse con relativo optimismo y precaución. No debemos olvidar cómo Galicia ha perdido toda presencia industrial en la energía (mientras hay eléctricas públicas italianas, alemanas o francesas ancladas como tales) y en lo financiero vamos camino de lo mismo. Aunque en este caso los cientos de millones necesarios creo preferible que sean españoles que chinos. Al menos eso defenderían en Alemania para sus cajas. Sí, ellos aún tienen esas cosas.