Los duendes de la megafonía o los despistes del abogado defensor forzaron al acusado a convertirse en el hombre del botón. Cada vez que le tocaba intervenir, el 90?% de las ocasiones, Francisco Baena Bocanegra se olvidó de pulsar el botón de encendido de su micrófono, y a Baltasar Garzón no le quedó más remedio que asumir personalmente esa rutina. Eso sí, sin dejar de prestar atención al contenido de las declaraciones y así poder pasarle notas manuscritas.
En la mesa del tribunal, el más activo de los siete miembros fue el presidente, Joaquín Giménez quien, a pesar del papelón que le toca desempeñar en este extraño proceso, no cejó en ningún momento en su empeño de velar por que todo el mundo guardase rigurosamente las formas, sin renunciar a su envidiable sentido del humor. Así, cuando el segundo testigo accedió a la mesa habilitada a tal fin en el centro de la sala y vio que para el agua le ponían un vaso de plástico, y no de cristal, como siempre se hizo, le aclaró: «Son cosas de la crisis».
Un talante similar demostró cuando el último testigo que declaró pidió permiso para hacer precisiones a lo que ha dicho la prensa sobre él. «Sobre los medios de comunicación, quizá una buena terapia sea leerlos menos», le espetó para denegarle su petición y a continuación levantar la sesión.