Antes de su venida a Galicia para presidir la Xunta, todos conocíamos a Fraga, un gallego que había sido ministro en Madrid y embajador en Londres. Un grupo de opositores en prácticas en el Ministerio de Trabajo, en 1974, coincidimos con él en el edificio de los Nuevos Ministerios, le saludamos con admiración y nos dedicó no mucho tiempo. Se iba directo a ver al ministro Licinio de la Fuente. Estaría puntual en la cita.
En un verano de final de los noventa visitó la sede del PP en Vigo. Escuchamos con atención su exposición de los problemas de España y de Galicia y, al final, cuando se abrió el turno de preguntas, formulé la mía: «¿Qué peso vai ter a galeguidade nun gobierno de Fraga en Galicia?». Confieso que alguno de los asistentes me miró de reojo, como si mi pregunta hubiera sido heterodoxa o, por lo menos, inoportuna. Su respuesta fue directa y clara: «Compromiso total con Galicia».
En la campaña de 1989, por decisión de Carlos Mantilla, presidente del PP de Vigo, tuve que hacer el papel de presentador en un mitin en el viejo cine Fraga. Me correspondía presentarle a él en último lugar. Uno de los intervinientes anteriores me pisó el eslogan con el que yo quería terminar y hube de improvisar: «Ahora me corresponde hacer la presentación de quien, con su intervención, va a poner fin a esta acto político; y aunque se ha afirmado que de Manuel Fraga está todo dicho, quiero decir que eso no es verdad».
El PP ganó las elecciones y con un gran resultado en Vigo. Luego me llamó a la Consellería de Traballo e Servicios Sociais. Confieso que acepté un poco asustado; su fama de exigente, de saberlo todo, de carácter fuerte, me preocupaba más que un poco. Con Chema Figueroa, que me acompañó a Santiago aquella mañana, venía comentando a la vuelta que no sabía si había tomado un sabia decisión al aceptar; aunque pronto convinimos los dos que con Fraga no había medias tintas. No me dio opción a decir que no, pensaba de vuelta a casa.
Cerca del hombre, pude ver el lado humano compatible con la sabiduría enorme, el carácter fuerte, la energía o el afán de puntualidad. Para mí fue un descubrimiento su preocupación por los más necesitados, por los excluidos. La primera vez que hablamos de la Risga soslayó el tema con un «hay que ver si podemos facerlle frente, fágame o estudio do que costa».
Galicia fue la tercera comunidad autonómica de España en contar con el salario social, instrumento importante en la lucha contra la pobreza y la marginación. Pero no como subvención sino para recuperar a las personas en riesgo de marginalidad o para evitar su exclusión social.
Fiel a su teoría de que la mejor gestión es la atención de los problemas que la gente tiene cada día, podía recordar su llamada tempranera para interesarse por la señora que se había escapado de casa huyendo del maltrato familiar o por la situación de la familia que vio aumentar en tres las bocas que alimentar.
Son una breves anécdotas que reflejan, en mi opinión, el modo de ser de un hombre que amó a Galicia sobre todo, un servidor de lo público, un humilde profesor de ciencia política (le gustaba repetir), una persona con la que se puede coincidir o discrepar, pero a la que es difícil no admirar. Trabajar a su lado fue un privilegio y una suerte. También cuando no estuvimos de acuerdo. Y ya se sabe que en algunas decisiones no coincidí con él. Pero dejó a Galicia mucho más cerca de Bruselas, de Estrasburgo y de Madrid.