El centro acaba de recibir un premio por sus programas de inclusión en los que 13 niños con necesidades estudian felices
22 ene 2022 . Actualizado a las 05:00 h.Patricia Cons es la directora del colegio de A Laxe y cada día abre las puertas del centro con un lema en la cabeza: «No solo hay que estar invitados a la fiesta, hay que salir a bailar, aquí todos participamos: los niños, por supuesto, pero también las familias y los profesores». En esta idea se retratan una larga lista de programas por los que les han concedido el Premio Boas Prácticas de Educación Inclusiva. Mucho antes que el reconocimiento llegó la confianza de padres con niños que no lo tienen tan fácil en el día a día de la escuela tradicional. Hay cinco familias de Narón que llevan a sus pequeños a estas aulas de Valón, porque saben que allí siempre habrá alguien que les dará la mano y cariño.
De los 75 matriculados 13 tienen necesidades especiales y todos están más felices ahora que cuando llegaron: «Hay casos en los que se quedaban en un rincón, pero ahora participan porque siempre hay alguien que les ayuda y tenemos en cuenta muchos factores para que estén cómodos», explica la responsable de un espacio en el que se cuida hasta el sonido del timbre, que es música en lugar de algo estridente para que no irrite a los pequeños con algún rasgo autista.
Greta es la sirenita del cole. Padece un síndrome que en otra escuela la dejaría postrada en la silla de ruedas toda la mañana, pero aquí tiene un aula de estimulación en la que puede tumbarse y sonreír hacia las luces de colores y estrellas musicales que se proyectan a su alrededor. «Nos costó mucho conseguirlo, pero aquí está», explica la directora de un colegio donde no hay libros de texto y muchas aulas tienen a pequeños de diferentes cursos. La idea es trabajar con cada pequeño para conseguir una serie de objetivos y así se respeta el ritmo de cada uno. Para cada área de conocimiento hay un proyecto estimulante: esqueletos de papel y de colores para conocer el cuerpo humano; sesiones con pequeñas cajas registradoras para dominar los números; juegos para conocer la diferencia entre los nombres, los adjetivos y las palabras compuestas; un invernadero para saber de naturaleza y hasta una flamante pizarra electrónica que se ha comprado con una parte de los 5.000 euros del premio.
No hay libros de texto, pero hay mucho trasiego cada tarde en la biblioteca, donde cada día los alumnos se llevan cuentos para leer en casa con sus padres. «La clave es la colaboración, de las familias, de los profesores y de nuestro conserje Ricardo que ha creado casi todas las piezas del patio», cuenta una directora que se sabe el nombre de los 75 alumnos de todo el colegio.