Modernidad verde


Ferrol tiene más de cincuenta mil vecinos censados. Esto es un hecho objetivo (un dato es un dato, que diría Manquiña) aunque es verdad que los concejales inquilinos de la Casa Consistorial se empeñan en reducir la cifra y hacer que la ciudad descienda en el escalafón. De momento ahí está, en el grupo de esas más de ciento cincuenta ciudades más pobladas de España. Para ellas el Gobierno tiene previstos muchos planes, como no podía ser de otra manera. Uno de los más importantes será el de la restricción del tráfico en los centros urbanos, para 2023, con el objetivo de frenar la contaminación. Las ciudades más grandes, españolas y europeas, ya lo están haciendo. Algunas impiden que los coches más contaminantes circulen uno o varios domingos al mes. O toman medidas cuando hay alertas por contaminación dejando solo que circulen coches con matrículas pares o impares. Hay ciudades que han potenciado el uso de la bicicleta, el tranvía y los microbuses eléctricos o híbridos. Berlín, modelo de ciudad cuidadosa con su entorno, tiene en estudio la gratuidad del transporte público, aunque ya en este momento es barato y extraordinariamente eficiente. Y aquí, en nuestra admirada Villa de Madrid, vemos como se continúan peatonalizando calles o enlenteciendo su tráfico, en zonas tan relevantes como la Gran Vía.

El camino hacia una modernidad verde es imparable. Cada día nos familiarizamos más con los conceptos de sostenibilidad, transición ecológica, economía circular y similares. La lucha contra el ascenso de las temperaturas, el cambio climático y la contaminación -de todo tipo- ha dejado de ser territorio de unos pocos científicos ecologistas. Todos los programas políticos recogen la intención de favorecer cambios y mejoras en esta dirección, salvo los de algunos iluminados negacionistas que, desgraciadamente, presiden los gobiernos de potencias como EE.UU o China.

El caso de Ferrol es paradójico. Le afectarán las medidas restrictivas que impondrá el Gobierno si bien es verdad que no parece que, justo en su centro urbano, padezca un problema de contaminación del aire producido por el tráfico. Las calles trazadas con tanta exactitud en el barrio de La Magdalena, de diez varas castellanas de ancho (8,36 metros), ya fueron pensadas para que el aire circulara libremente y la luz llegara a las casas. Se habían tomado todo tipo de medidas “higienistas”: pavimentos en las calles, eliminación de soportales, prohibición de tener animales en las casas, creación de una alameda, por citar algunas, en aquel momento de gran crecimiento de la población. La historia nos hace un guiño; antes fueron medidas higiénico-sanitarias, ahora lo serán contra la contaminación del aire.

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