Contadores de historias


Ferrol

Había ido a ver una exposición de pintura y acabé hablando de literatura. Concretamente, de un escritor bien querido y conocido, como Torrente Ballester. Y mis interlocutores fueron un matrimonio con un conocimiento exhaustivo del escritor ferrolano. Especialmente ella, que, como buena vecina de Serantes, conocía perfectamente la vida de don Gonzalo, que le llegó por las noticias que sobre él y su familia serantesa le fueron transmitiendo su madre y su abuela. En la casa familiar, además de este conocimiento lógico de vecindad, se iban juntando libros de Torrente según este los iba publicando. Allí aún están todos, desde las primeras obras de teatro y desde su primera novela Javier Mariño (1943), hasta La boda de Chon Recalde (1995). Eso se llama fidelidad, teniendo en cuenta que algunas de ellas le resultaban un poco difíciles de leer. Pero se sobreponía en ella el ansia de entender y poder admirar a un paisano, lo mismo que le ocurre aún ahora, cuando en la dirección postal de su correo pone Avenida de Torrente Ballester, que así se llama (aunque nadie lo haga) la calle en la que vive en la zona de La Malata.

 Hablamos de anécdotas, de obras, de su importancia como escritor, del vecino que fue…, Y en un momento determinado ella me dijo que Torrente en Dafne y ensueños habla de su bisabuelo, al que se refiere como el tío Galán. En efecto, a este vecino de Serantes Torrente le dedica una cariñosa atención en varias páginas de esa magnífica novela. Y el personaje se nos impuso ya totalmente en la conversación por su dimensión humana y por pertenecer a un mundo que ya no existe. Siendo el más viejo de la parroquia, se dedicaba a transportar arena para los albañiles, en una barca de su propiedad con un timón enorme, desde las playas de fuera: de Doniños y de Chanteiro. Él solo la tripulaba y la cargaba; salía de madrugada y volvía al atardecer, siempre cantando con su voz áspera de bebedor de caña. Alguna vez invitó al niño Gonzalo a que lo acompañase, pero en casa de este no se lo permitieron «por miedo que tenían de que la barca del tío Galán zozobrase, de puro metida en la mar que la traía», escribe el propio Torrente. Pero de barcos ese hombre lo sabía todo. Había navegado en La Numancia, había vivido toda su vida en la mar, con la guerra de Cuba por medio. Pero por lo que Torrente realmente lo admiraba era por cómo contaba historias, sentado en la puerta de la taberna ante una copa que se iba vaciando y llenando de nuevo de forma natural, durante los largos atardeceres del verano. Peleas en los muelles de Shanghái contra oleadas de chinos, el tifón contra el que lidiaron en un viaje a Filipinas o el ciclón del Caribe, yendo de La Habana a Puerto Rico. Torrente recuerda, admirado, cómo el viejo Galán imitaba el estruendo de las olas o los terribles silbidos del temporal en la maraña de cables del barco, o el estruendo del agua barriendo la cubierta. En esas páginas, Torrente llega a afirmar que nunca oyó a nadie contar historias como el tío Galán.

La biznieta también habla y cuenta con precisión y solvencia. Y ya al final le pregunto si su bisabuelo había sido tan seductor y donjuán como insinúa Torrente. «No contestes si no quieres, es solo una curiosidad», le digo. «Fue aún más: tuvo 19 hijos en casa, pero mi bisabuela decía que otros tantos había por ahí fuera…»

Oratoria seductora debía de ser la del tío Galán.

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