Las casas de los escritores


Ferrol

Las casas en las que nacieron, vivieron o escribieron, nos ayudan a entender mejor las obras de los grandes escritores. Los espacios en los que transcurrió su vida, los pueblos o ciudades que pasearon y las personas con las que hablaron, tienen gran valor para comprender su literatura. Por eso, generalmente, esas casas suelen conservarse, musealizarse como contenedores de las vivencias de esas figuras literarias. En Galicia hay muchas casas-museo de escritores, afortunadamente. Y un grupo notable de ellas están tratando de constituir una red de colaboración en la que compartir experiencias, proyectos y aprovechar recursos que puedan obtener de las administraciones públicas. En Celanova, noble y antigua villa ourensana, se encuentra la Casa dos Poetas, casa que fuera de Curros Enríquez. Allí participaron en un encuentro reciente los directores de las casas o fundaciones de Eduardo Pondal, Rosalía de Castro, Carlos Casares, Eduardo Blanco Amor, Carlos Velo, Camilo José Cela, Uxío Novoneyra, Manuel María, Otero Pedrayo y Vicente Risco, además de la Fundación Ínsua dos Poetas y la Casa de la Troya. Sin duda una extraordinaria representación de las casas y fundaciones ya activas de los escritores gallegos, aunque se eche en falta la presencia de las de Valle Inclán, de los hermanos Camba, la villa florentina de Wenceslao Fernández Flórez y la de doña Emilia Pardo Bazán. Seguro que pronto se sumarán, como también lo harán -en cuanto estén finalizadas-, las de Castelao y Álvaro Cunqueiro. 

No me olvido de las dos casas museo de los escritores más relevantes nacidos en Ferrol. En la casa de Ricardo Carballo Calero varias corporaciones municipales hicieron diferentes inversiones con el resultado, bastante raquítico, de disponer del solar de la finca, unas cuantas piedras de la fachada y la placa conmemorativa, lo único que se conserva en buen estado. Su biblioteca, manuscritos, archivos y el conjunto de su obra está en Santiago de Compostela, formando parte de la biblioteca del parlamento gallego. Otro tanto sucede con las cosas de Gonzalo Torrente Ballester. Sus libros, cámaras fotográficas, tomavistas, magnetófonos, máquinas de escribir, manuscritos y cientos de objetos personales se encuentran en una fundación en la Rúa do Vilar compostelana. Podía haberse instalado en cualquiera de las ciudades a las que tanto quiso Torrente Ballester, como Pontevedra o Salamanca, pero debía haberse hecho un espacio singular en la que fue su cuna y en la que quiso ser enterrado. Ferrol no supo retener el legado de sus escritores, ni siquiera de los que como don Gonzalo le enseñaron al mundo el intríngulis del alma y el idioma propio de su Villarreal de la Mar.

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