Verdad de terrier

Francisco Varela TAHONA

FERROL CIUDAD

El dueño del perro camina unos metros por delante por el paseo marítimo de A Malata. El terrier para y defeca y el propietario, muy cívico, saca su bolsita y recoge. Sigue su ruta pero anda y anda y no encuentra una papelera donde arrojar la deyección canina... Sigue y, cansado, mira de reojo, nadie viene, y la deja en un ladito de la senda. Llego a su altura y el hombre indignado me indica, mire usted para el mar, ahí están las papeleras. Las papeleras y las planchas de hormigón que faltan del murete que corona el pedraplén de la marisma. En fin, un muestrario del gamberrismo o más bien vandalismo más acendrado. ¿Sabe usted -continúa el paseante- que en la anterior campaña electoral un candidato a la alcaldía reprochó al que ocupaba el cargo que este paseo estaba así de destrozado? No lo recuerdo, pero asiento con la cabeza. Pues recuerde usted el tiempo que hace de aquella campaña y todavía todo sigue igual. Y lo que es peor -prosigue- que nadie se lo recuerda. Es que las promesas electorales comprometen al que las escucha, no al que las hace, le respondo parafraseando a aquel ministro francés (Pasqua). La charla continúa y me sigue relatando lo que falta del mobiliario urbano aquí y allí. Se lo sabe al dedillo. Por nuestro lado pasan corredores, patinadores, nosotros sobrepasamos a unos ancianos. Mi interlocutor, ya lanzado, se pasa ya al resumen general: esto no hay quien lo arregle, había que... Ya se sabe. El terrier, que siguió la conversación muy atento y muy interesado en sus asuntos fisiológicos, me mira satisfecho y parece preguntarme, ¿tiene o no tiene razón mi dueño? Toda, qué te voy a decir.