Cuando el pan está en los libros

FOTO Marcos Creo TEXTO Beatriz Antón

FERROL CIUDAD

Trabajando no se entienden, pero eso no les impide echarse flores; los dos opinan que, más que una tienda, una librería es un «lugar de encuentro»

19 ago 2008 . Actualizado a las 19:54 h.

¿Qué es un libro? La pregunta flota en el aire y David Justo responde casi sin pensarlo, cazándola al vuelo: «Para mí un libro es cultura, una experiencia, un viaje adonde el autor te quiera llevar». Su padre le escucha atento y enseguida ofrece otra definición: «Un libro es a lo que juega la imaginación», dice tras meditarlo.

Las respuestas salen de boca de uno y otro tras una larga conversación sobre esa «hermosa vocación» que, según Humberto Eco, cultivan todos los que se dedican al oficio de librero. Y que tanto Quico como su hijo David pueden presumir de conocer bien, porque, en su caso, la vena librera les viene de familia.

Para hablar de los orígenes de la saga hay que remontarse a principios de la década de los 50, cuando el padre del palo de esta historia, Antonio Justo Iglesias, abrió la Central Librera en la calle Real. «Empezó vendiendo libros viejos, de segunda mano, porque en aquella época la producción editorial no era tan ingente como la de hoy, no había tantas novedades como para llenar todas las estanterías», recuerda Quico Justo.

Por aquel entonces él apenas tenía diez años, pero ya empezada a flirtear con el oficio: «Además de hacer paquetes y despachar, a esa edad ya me iba con la carretilla a cuestas, a la estación de trenes, para cargar las revistas y los libros que luego vendíamos en la tienda».

De aquellos tiempos pasados, Justo también recuerda los libros proscritos por la dictadura -como Lolita o El reposo del guerrero -, que llegaban del extranjero y se vendían a escondidas en la trastienda. «Curiosamente -apunta Quico-, los mejores clientes de aquellas obras eran los policías».

Tras escuchar durante un buen rato, a David Justo le llega el turno de contar su historia de amor con la Central. Como le sucedió a su padre, este joven de mirada viva también creció entre libros de todo tipo y pelaje, pero, a diferencia de él, no siempre supo que de mayor se dedicaría a la venta de libros. Es más, durante algunos años estuvo trabajando como informático en Madrid, pero hace cuatro su padre se jubiló y fue entonces cuando le propuso tomar el testigo de la empresa familiar.

«Al principio no lo tenía nada claro, pero al final acepté, con la condición de que me dejase llevar a mí solo las riendas del negocio», explica David. Y es que el hijo de Quico Justo no siente ningún pudor al confesar que, en el ruedo laboral, entre su padre y él saltaban chispas demasiado a menudo. «Lo bueno -aclara a continuación, para despejar las dudas- es que, a pesar de tanto tira y afloja, al final, en las decisiones importantes, conseguimos llegar a un acuerdo».

Padre e hijo también coinciden al considerar que un buen librero debe amar los libros, aunque David advierte de que hoy en día hay tantas novedades que resulta imposible leerlo todo: «Al final te tienes que guiar por lo que dicen los críticos y las revistas especializadas», explica.

Como lectores, cada uno tiene su personalidad. Quico dice que le gusta leer en el despacho que tiene en su casa, y entre sus escritores preferidos cita a Nabokov, Frank Yerby y Mika Waltari. David, en cambio, prefiere rendirse a la lectura en la cama y, a la hora de pedirle que cite a alguno de sus autores favoritos, se queda con Isabel Allende, Eduardo Mendoza, Paul Auster y Ruíz Zafón.

¿Y cómo vendedores? ¿Serán también diferentes? En este caso, los dos lo tienen muy claro. «Los libros sobre Ferrol -aseguran- son grandes best-sellers ».