Recuerdo muy bien aquellos primeros Domingos de Ramos de mi infancia, cuando los más pequeños portábamos palmas que después, si no estoy equivocado, se conservaban durante buena parte del año en las casas, y los niños maiores, que tampoco tendrían muchos años más que nosotros, llevaban ramos de laurel, a cuál más alto, a los que por lo general se les ataban algunas hojas de olivo. Aquella fecha, la conmemoración de la entrada de Jesús en Jerusalén, ya era entonces una fiesta muy especial para nosotros, Conservo una foto de aquel tiempo, de formato cuadrado y positivada en blanco y negro, en la que estoy frente a nuestra casa con la palma en la mano —sujetándola de manera no precisamente majestuosa: ya debía de estar yo un poco cansado de andar tanto—, pantalón corto, zapatos de hebilla, calcetines de ganchillo, pajarita al cuello (creía haberlo soñado, pero la foto no miente) y un sombrero indescriptible.
Aquel era el tiempo en el que estaba aprendiendo a leer en la escuela de un vecino nuestro, que se llamaba Pepe, Pepiño, y que fue mi primer maestro. En la imagen estoy mirando a la cámara con un gesto que, más que de fastidio, es de cierta prevención, a la vez que de curiosidad, como si temiese que la fotografía fuese a llevarse algo de mí. Quizás parte de la luz de aquella mañana de primavera, al inicio de la Semana Santa, en la que el mundo, como diría el poeta, era «moi fermoso e moi grande», y en la que yo, que tenía un caballo de plástico, soñaba con tener un caballo de verdad; pero un caballo que volase, a ser posible.