Recuerdo muy bien la profunda impresión que me causó, siendo niño aún, leer por vez primera —creo que en una edición de las Rimas y leyendas de Bécquer de la editorial Aguilar, un pequeño tomo con cubiertas de color verde, igual que la cinta que marcaba el punto de lectura, y con sus páginas impresas en papel biblia, pero no me hagan mucho caso...— la historia de Maese Pérez, el organista. Hasta entonces jamás había pensado, esa es la verdad, que la música del armonio que sonaba en ciertas solemnidades en la iglesia en la que me bautizaron tuviese capacidad alguna para conectarnos con lo que no vemos, con los misterios que habitan el mundo de lo inaprensible. Pero esas páginas de Bécquer dejaron en mí una honda huella, abriendo en mi alma una ventana a lo desconocido que se iluminó definitivamente cuando, poco más tarde, tuve ocasión de escuchar, por vez primera, cómo sonaba un verdadero órgano, un órgano de tubos: concretamente, el de la catedral de Santiago, cuya música me dejó profundamente conmovido desde el primer instante.
Hoy sigo pensando que la música de órgano nos traslada, por las sendas del espíritu, a regiones desconocidas. Así que ojalá la concatedral de San Julián pueda contar pronto con el órgano que ansía: un instrumento de 23 registros y dos teclados (actualmente continúa la campaña destinada a reunir los fondos para adquirirlo) construido en Inglaterra por la casa Robson en 1843, en plena época victoriana, que permaneció en Oxford hasta que se cerró la iglesia que lo albergaba y que ahora está siendo restaurado en los Países Bajos por Fokke-Rienke Feenstra. Una maravilla.