Ahora mismo no consigo recordar quién es el autor de la cita, y bien que lo lamento, pero en cualquier caso no me resisto a repetirlo, porque pocas cosas hay más ciertas: «Jamás estará solo quien tenga a su lado un libro». Así es, ¿no creen? De hecho, esa es una verdad tan grande, que algunos —y no es la primera vez que hablo de ello— hasta tenemos la impresión de que hay libros que nos acompañan, incluso, cuando no los estamos leyendo. Porque los libros son amigos extraordinarios, amigos muy leales, y los amigos verdaderos a uno lo acompañan en todas las circunstancias, incluso desde la lejanía y hasta en el mayor de los silencios. Al mismo tiempo, hay autores, sobre todo entre los clásicos, que, de alguna misteriosa manera que uno nunca sabe muy bien cómo explicar, acaban siendo también muy amigos nuestros. Es el caso de Cervantes, sin ir más lejos (por cierto: no me negarán ustedes que el Quijote es un libro distinto cada vez que uno lo lee de nuevo...). Y quien dice Cervantes dice —y solo son algunos ejemplos— Faulkner, o Melville, o Joyce, o Torrente, o Fole, o Dieste.
Cuanto más tiempo pasa, más devoto soy, también, de la obra de Fray Antonio de Guevara, formidable escritor que, como ustedes saben, leyeron muy bien tanto nuestro admirado y ya citado Cervantes como el también muy admirado Señor de Montaigne. Guevara pasó sus últimos años en Mondoñedo, siendo obispo y señor de la ciudad, aunque desde allí viajaba con frecuencia a la Corte, para predicar ante el emperador Carlos V. Y también estuvo en Ferrol, donde visitó la Capilla del Cristo, cuya memoria preserva hoy la Orden Tercera.