El autor ajusta su cámara para captar detalles y amplía el enfoque para mostrar la plena belleza de la arquitectura
16 jul 2024 . Actualizado a las 05:00 h.Vaya por delante mi absoluta admiración por Rodolfo Ucha, que ha dejado una huella imborrable de su belleza arquitectónica en nuestra ciudad, que alcanza una proyección internacional y que, afortunadamente, sigue reclamando la atención de diversos estudiosos de su obra. También está presente en mi elogio el que dentro de su vasta creación fue autor de una arquitectura efímera, desgraciadamente desaparecida, el quiosco de La Ibense, donde mi abuelo Vicente Llorca abrió, temporalmente, su heladería en los jardines de Suances.
Siendo yo joven tuve el gusto de conocerlo en su casa de Seselle, a donde acudía en los meses de verano en compañía de su nieta Maca Ucha. Recuerdo vagamente el respeto que despertaba y un comentario que quedó grabado en mi memoria hasta el presente: el pater familiae se tomaba cada mañana un ramillete de perejil, que arrancaba de su jardín.
Recientemente tuve la oportunidad de visitar la Casa Botines, de León, una maravilla arquitectónica donde el joven Gaudí comenzaba a definir su lenguaje plástico, y en todo el recorrido la imagen de Rodolfo Ucha asomaba en mi mente. En ella estaba presente el uso de los forjados de hierro, las vidrieras unidas por tiras de plomo, la decoración vegetal, la utilización de maderas nobles, los delicados herrajes de puertas y tiradores, las artísticas mirillas y llamadores, los elegantes pasamanos, los artesonados, la luz de los interiores; y que Gaudí pudo ejecutar gracias a la ayuda de un extraordinario grupo de colaboradores. Muy semejantes a los que Felipe Cotovad destaca en las palabras que cierran este libro: «la existencia en la ciudad (…) de profesionales muy cualificados de distintos gremios, hizo posible alcanzar el alto grado de perfección que distingue la obra de Ucha».
Una obra muy cuidada
Todo eso, y de mucho más, nos muestra el fotógrafo de La Voz de Galicia, José Pardo en La peonza de Ucha, una edición ligeramente ampliada y tan cuidada como la anterior, A buxaina de Ucha, de 2021, y que en este caso corre a cargo del propio autor y de David Justo, de la Central Librera.
Como ya había sucedido con un libro anterior, A Magdalena vista por José Pardo, de 2008, el autor ajusta el objetivo de su cámara para captar pequeños detalles que visten esos espacios arquitectónicos y que muchas veces se escapan de la simple mirada del espectador, pero también amplia el enfoque para mostrar la plena belleza de esa arquitectura, que en palabras de Héctor J. Porto, uno de los prologuistas, «no se puede explicar Ferrol sin su idiosincrática belleza urbana (…), sin sus creaciones, sin sus edificios».
Tomando las palabras de Paulo Alonso, otro de los comentaristas de esta obra: «un artista que transformó Ferrol durante las ocho primeras décadas del siglo XX», bien merece que una parte de su legado documental ocupe un lugar privilegiado en uno de los espacios expositivos del futuro Museo da Cidade.