Otoño

José Varela FAÍSCAS

FERROL

Noviembre tapiza de hojarasca los caminos, y la vereda por la que paseo está cubierta de una alfombra vegetal mullida que al andar acolcha las pisadas y atenúa su eco. Es una senda de tierra y grava herida por las escorrentías de las lluvias recientes. La arboleda todavía asombra la pista sobre la que forma la cúpula de un túnel de ramas que pronto quedarán desnudas y con las rabizas enmarañadas, como un estropajo flojo a la intemperie y al albur del viento. El aroma del eucalipto enseñorea el aire, limpio por los chubascos, y se impone al olor de la tierra mojada y las hojas marchitas, solo atravesado por algún vago perfume de pino o aun de laurel. El resto del bosque que cruza el sendero extenuó su fragancia durante el verano y solo alcanza a emanar un confuso tufillo a humedad densa que se percibe con más nitidez cuando el frío adelgaza el aire. (Atrás quedaron las esencias florales y herbáceas, aunque casi se rastrea el dulzor del hinojo). Transito a diario hasta la fatiga por esta solitaria trocha que bordea la bárcena entre Catabois y Mandiá con un propósito medicinal, en busca de aislamiento y sosiego, quién sabe si para poder escucharme, tan quedo me hablo, y para ganar el valor necesario para responder al desafío de ordenar el caos interior. En ocasiones pareciera que los árboles asienten a los desvaríos con los que burlar las tribulaciones, a las falaces triquiñuelas argumentales. Porque el otoño es la estación que nos autoriza a los viejos a mirar de tú a tú a la vida: como la naturaleza, el envero coronado, ya hemos entregado el fruto.