Tocata y fuga

José Varela FAÍSCAS

FERROL

Pronto aprendimos que el licor de guinda es un elixir con un doble fondo insondable. Aquellas copas de zaína ambrosía, que nos ofrendaban como a faunos las señoras con la cara iluminada por su sonrisa cuando la zarabanda de las gaitas del cuarteto Follas Novas colmaba la era en las alboradas patronales, nos hacían levitar. Pero, una vez debidamente enaltecidos, en nuestra ascensión perdíamos no solo pie sino la noción del tiempo, y las aviesas comisiones nos hacían tocar más allá de la jornada pactada. No tardamos, pues, Jacinto, Andrés, Ramón y yo en repudiar tan deliciosa pócima mañanera en nuestras fanfarrias triunfales por las congostras de Ferrolterra. Y esta sana decisión, tan alejada de los principios virtuosos como de nuestros deseos más inconfesables, nos condujo a otros conflictos derivados de la exigencia de rematar a la hora convenida: nosotros no catábamos la guinda, pero los comisionados no estaban ligados al voto de abstinencia, y el entendimiento entre las partes se iba enturbiando con el paso de las horas y el trasiego de las copas. En una ocasión, uno de los vecinos con cierto parecido, no solo físico, con King Kong, porfiaba, con braceos poco amistosos, en que soplásemos hasta el día del Juicio. Mientras Jacinto, que había negociado el contrato, persuadía al presidente de la comisión; Andrés y Ramón hacían virguerías para mantener a distancia a aquel feroz y embravecido australopitecus, yo conminaba al taxista a que tuviese el motor en marcha para, una vez Sinso se hiciese con la guita, poner pies en polvorosa. Aún veo las fauces del orangután persiguiendo al taxi. Nunca dudé de que si nos pilla, nos devora; y al taxista de postre.