Hace días que cada mañana, al abrir la ventana, cuando la jornada comienza, lo primero que hago es escuchar atentamente, mientras se acerca la brisa que juega en las ramas de los árboles y con el agua del cubo del molino, para ver si ya canta por fin el cuco. Pero he de confesar que no consigo oírlo. Lo más probable es que no haya cantado todavía. Y además sentirlo desde aquí, por más que uno escuche casi al amanecer, mientras el sosiego de la noche no ha desaparecido del todo y aún se está despertando el mundo, no resulta fácil. De hecho, es casi imposible —y así hay que reconocerlo—, porque la fraga de Rol, que sube desde Sillobre hacia Magalofes por Lubián, queda un poco lejos, y los caminos que llevan desde la Ulfe al Coto do Rei, en Marraxón, están más lejos todavía. Pero los milagros existen; y yo, que en el silencio de la madrugada, cuando los peores fantasmas andan sueltos, siento tantas veces que el paso del tiempo va llevándose consigo la mayor parte de las esperanzas, tengo la suerte, gracias a Dios, de no haber perdido aún del todo la capacidad de asombrarme cada mañana ante ese eterno prodigio que es la salida del sol y el comienzo de un nuevo día. Un día que siempre habrá de traer consigo, en mayor o menor medida, lo inesperado. Por eso sigo aguardando que el cuco cante. Porque si el cuco no canta, o anda demasiado lejos, siempre nos quedará la posibilidad de soñarlo. Además, mientras tanto, uno escucha cantar al mirlo —que nunca tiene tampoco dos días iguales, porque es un verdadero artista, de discretísimo plumaje y creatividad infinita, y pocas veces se repite—. Como escucha, además, el canto del pombo, del palomo torcaz, que es muy amigo de acercarse a mi ventana, y que me recuerda mucho un tiempo que ya no existe, cuando de niños lo considerábamos un animal poco menos que mágico, y oíamos contar con verdadera admiración que había quien lograba domesticar alguno. Por cierto: un par de veces he sentido cantar también, desde la ventana, a la rula, que aquí por desgracia ya se deja oír muy poco, cosa que de verdad me duele, porque siempre le he tenido un inmenso cariño. El caso, como les decía antes, es que sigo aguardando por el cuco, a ver si nos sorprende cualquier día. Y hoy, todo sea dicho de paso, que no se me olvide comprar el nuevo libro del gran Bernardo Atxaga, a quien no veo desde hace no sé cuántos años ya (la última vez que hablé con él fue en unos Encuentros de Verines), y al que admiro mucho. Atxaga, creo que alguna vez se lo he contado a ustedes ya, se llama en realidad Joseba Irazu, y tiene parientes en Ferrol, entre ellos alguno de mis amigos más queridos. Todos los Irazu proceden, por lo visto, del mismo caserío. Un caserío desde el que supongo que se oirá cantar muy bien al cuco. Obaba, como todo el alto reino de la literatura, tiene que ser un lugar magnífico.