Conejos

José Varela FAÍSCAS

FERROL

23 ene 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Mientras la adolescencia calcinaba mi niñez con tumultuosa saña, tuvimos una pareja de inquietos terrieres irlandeses, pura corriente eléctrica de alto voltaje. La Chispa y el Vino, madre e hijo. Cuando llegó a nuestra casa, la primera se llamaba Chita, el hipocorístico de una familiar cercana por lo que mi padre optó por sustituirlo por otro de eufonía yuxtapuesta. La cadela respondía sin trauma aparente al nuevo nombre (por entonces no se habían prodigado los psicólogos caninos de los que disfrutamos ahora: éramos tan brutos que creíamos que un can era un can: no sabíamos más. Después, a fuerza de collejas, aprendimos). Teníamos, también en la calle de Ínsua pero en un corral próximo al bajo que habitábamos, gallinas, patos y conejos, que mi padre cuidaba con el esmero con el que se arma un mueble de Ikea y con idéntico método: siguiendo instrucciones en libros de cunicultura y avicultura que periódicamente recibía por correo. Así fue como construyó, al resguardo de una higuera de miguelitos, media docena de jaulas —gallinas y patos gozaban de la suite del recinto— para los roedores. En una ocasión, tal vez que por una imprudencia mía, el Vino se deslizó en el interior de dos de las conejeras y desnucó catorce gazapos de unos dos o tres meses de vida. El can se llevó una zurra —ya digo, nada de psicólogos—, pero mi madre no quiso ni oír hablar de sacar algún provecho culinario doméstico de la escabechina conejil, que solo tenían un pequeño moratón en el cuello. No fueron de la misma opinión los conmilitones de mi padre, que concluyeron con cánticos a dos voces la paparota que se regalaron pocos días más tarde con la tierna carne de la camada de lebratos.