Calderilla

José Varela FAÍSCAS

FERROL

16 ene 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

No puedo evitar el recuerdo cada vez que en el súper buceo entre los anaqueles de los aliños, como un sargo en un bosque de algas, y observo los paquetitos de sal marina. Olvidé la data, pero no creo que sobrepasase la mitad de la década de los sesenta del siglo pasado. En el puerto, entre la factoría de Pysbe y la giratoria había una atarazana que hacía las veces de alfolí. Allí se despachaba sal procedente de las salobreñas andaluzas, y, además del envío de pedidos voluminosos, se empaquetaba el condimento en pequeñas porciones para uso doméstico que posteriormente se expediría en establecimientos de alimentación de la comarca. Se ocupaban de enfardarla en pequeñas bolsas plásticas una variopinta e inconstante fauna de personajes, sentados ante breves pupitres y sin más herramienta que una palita y unos dúctiles hilos metálicos para cerrar los atadijos. Como en la Legión, el encargado no preguntaba el pedigrí de los candidatos a ensacadores cuando los reclutaba. También allí, en una de aquellas banquetas acabé sentado para luchar por un jornal por tarea. Me acompañó un viejo y muy querido amigo de la infancia, y durante una jornada nos aplicamos a colmar saquitos por una paga menos que ínfima, pero paga al fin. No fuimos capaces de aproximarnos siquiera a la destreza prestidigitadora de los habituales. Pero aun así habríamos repetido si no fuese porque los padres de mi camarada se enteraron y se/nos lo prohibieron: qué dirían sus amistades, si alguna en su paseo portuario nos identificase allí a la puerta de aquella lonja como pordioseros a la vista de todos. Así fue como el qué dirán bienpensante arruinó mi intento de niño pobre de tener calderilla.