Aquellas orquestas inolvidables

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL

Tanto el saxofonista Narciso Pillo como el vocalista José Manuel Couce Fraguela tuvieron un papel central en la edad dorada de las grandes orquestas gallegas. Fueron no solo testigos, sino también protagonistas de una época en la que las verbenas eran la bandera de casi toda gran celebración popular en Galicia. Aquellas fiestas eran un acontecimiento por el que se aguardaba durante todo el año. Y me da pena que ellos, cuyas carreras musicales discurrieron después por caminos distintos, no se animen a escribir sus recuerdos, porque es una verdadera delicia oírles contar cómo vivieron, de escenario en escenario, aquel tiempo. Un tiempo del que surgieron leyendas como Pucho Boedo, del que ambos dicen que poseía una voz que no se parecía a ninguna otra, y que era un «artista inmenso». Les hablo hoy de Pillo y de Couce, tras haber estado tomando café —descafeinado, qué vamos a hacerle— con ellos, porque mientras los escuchaba me reafirmaba en el convencimiento de que sin la cultura popular no es posible comprender a un pueblo. «A cultura é o que o ser humano leva posto, non a liturxia, a cerimonia e o postureo», me decía esta misma semana Felipe Senén, historiador y ensayista que ha dedicado al alma de Galicia la vida entera. Senén, uno de los grandes humanistas de nuestro país, sostiene que «Galicia está sufriendo un momento de aculturación terrible», y reniega tanto de los grandes discursos vacíos, en los que solo hay apariencia, afectación y acartonamiento, como de la proliferación de fenómenos como el botellón, que está acabando, dice, con las viejas fiestas populares en las que «a xente bailaba e se divertía» unida. Nos prometieron que de este tiempo terrible saldríamos siendo mejores que antes, pero no sé qué pensar. «Vou buscando os derradeiros fisterres /nun desamparo de luz», dicen los versos de Manuel María. Toda generación tiende a idealizar los días de su juventud, claro que sí. Pero no caigamos en el error de olvidar ni de dónde venimos ni quiénes somos. A veces derramamos la vida en lo que nada vale, mientras no le dedicamos ni un minuto a quien verdaderamente importa. Terrible error. Y nunca tenemos un momento para regresar a la orilla del río en el que tan felices fuimos de niños, aunque por lo general nos quede cerca de casa. Pero queremos ir al otro extremo del mundo a tomar el sol en una playa imaginaria. Como si el sol no saliese cada día aquí, donde por cierto están (en Ferrol, en Cabanas, en Ares, en Cedeira, en Valdoviño...) algunas de las playas más hermosas que Dios ha creado. Daría cualquier cosa por volver al tiempo en el que los míos aún no habían marchado. A ese pasado en el que las fiestas, con procesión incluida, ya eran un milagro desde las vísperas, que era cuando, al oír las campanas, empezábamos a soñar a las orquestas tocando en el palco. Fueron años llenos de esperanza.