Los abrazos y los besos parecen el agua de un manantial de montaña: limpios y transparentes en su origen. Cándidos como el pan sobre el que poetiza Agustín García Calvo, que no sabe su miga buena, o como las pompas de jabón machadianas. El tiempo y el desuso los gastan y los raen, y acaban corrompiéndose. El covid-19 cegó esa fuente, y los besos y los abrazos se apretujan desde entonces en algún lugar profundo. Y tal vez pugnen por salir pero no puedan, como un absceso maduro que requiere ungüentos para reventar. La creciente acumulación de abrazos y besos nonatos genera una frustración que nos incendia y desasosiega, una melancolía que cuando es requisada por los partidos políticos para su santabárbara deviene ponzoña que envenena la convivencia, como el arsénico. Lo que brotó frágil y delicado como una amapola casi de papel Xuan, se empuerca y, queriéndolo o no, nos envilece un poco a todos, empezando por la oposición de derecha que hace cohabitar en su argumentario de circunstancias una cosa y su contraria sin solución de continuidad a beneficio de la crispación. Pero su hollín acaba tiznándonos a todos, también a los inocentes. Por eso es pertinente recuperar el rastro a todos los besos y a los abrazos que nunca llegaron a estallar, y determinar en qué lugar pueden refugiarse a salvo de las mezquindades cortoplacistas y de la larga mano de los salvapatrias, antes de que se pudran e infecten los afectos todavía enteros. Rescatarlos a tiempo, para que no fermenten en el olvido y supuren su pus de rendición; mantenerlos frescos y vigorosos para cuando llegue su hora. Son tantos y tantos los destinatarios que están aguardando la señal. Esperando.