El viejo arte de soñar la nieve


También a mí me gusta mucho ver nevar. Y a menudo me pregunto, como se preguntaba François Villon en un mundo que ya no existe, dónde estarán las nieves de antaño, qué habrá sido de ellas. Villon, por cierto -y ya sabrán ustedes disculpar que a uno todo el día le estén saliendo ramas-, es un escritor al que siempre he admirado mucho. Como lo admiraba Cunqueiro. Me fascinan sus versos, y también su vida -hablo del poeta francés, aunque otro tanto podría decir de don Álvaro-, así que a veces me gusta imaginar que no ha muerto. Nació en París, en 1431 o en 1432, y desapareció misteriosamente unos treinta años más tarde, tras haber sido condenado al destierro. Quién sabe si no me lo encontraré cualquier tarde paseando por Sillobre, tal vez cerca de la Cruz de Gunduriz, y si entonces me preguntará cómo se va al Coto do Rei, en lo más alto de los montes de Marraxón, donde es tan hermoso ver si la nieve ha llegado ya, o si la fría luz del norte aún va a traerla. Villon, como vuesas mercedes no ignoran, fue todo un personaje en la convulsa Francia que le decía adiós al Medievo. Estudió en La Sorbona, y brilló entre los más grandes poetas, pero en algún momento debió de tomar conciencia de que aunque la literatura es un maravilloso alimento del espíritu, no es la actividad mejor remunerada sobre la faz de la tierra, y de que conviene ejercer otra profesión para ganarse la vida, mientras se escriben, a ratos libres, los versos. Así que, aprovechando las habilidades que había adquirido durante sus frecuentes peleas de taberna a orillas del Sena, decidió pasarse al lado oscuro -no se me ocurre ahora cómo decirlo de otra manera-, y se dedicó a robar cantidades muy considerables. Incluso se vio envuelto en algún crimen. De hecho, estuvo en prisión varias veces, fue sometido a tormento al menos en una ocasión, y hasta pesó sobre él una condena a la horca, de la que al final se salvó por los pelos. Pero, si no queremos ser juzgados, tampoco juzguemos, como las Escrituras, con gran acierto, nos enseñan. Simplemente leamos, y por supuesto soñemos. El caso -y ya voy, por fin, a ello- es que, como les estaba comentando, me gusta mucho que la nieve, igual que en un milagro, llegue hasta donde Europa comienza. Lo digo al ver regresar a mi memoria el domingo aquel en el que, siendo niño, vi nevar por vez primera. No sé por qué habrá huido, tan veloz, el tiempo.

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