La poesía no está de moda. Y la simpleza y la vulgaridad de un lenguaje, que se ha hecho seña de identidad de redes sociales y programas de televisión, que buscan adjetivos groseros o insultantes; expresiones de significado equívoco. Y una gestualidad y tono que son un eficaz reclamo para impactar al lector o al televidente. En ese contexto, y en el universo que genera, no hay lugar ni para un verso que renueve el aire que se hace tóxico.
Y yo pongo un poema en mi mochila. Está guardado en mi agenda, en la que anoto lo que escucho, lo que veo, si me parece hermoso o enriquecedor. Porque alimenta mi búsqueda de la belleza y de la verdad, con la esperanza de encontrarlas en las pequeñas cosas del día a día, para aprender a aprender…
Ocurrió en uno de mis paseos de otoño. Miro las hojas caídas que alfombran el suelo. Disfruto con su cromatismo como hermoso regalo de un otoño que avanza hacia un invierno que comenzó allá por marzo... Secas y en peligro de recibir un pisotón que las sepulte en el barro, me recuerdan, por extraño que parezca, que son testimonio de un esplendor que nunca muere. Porque sobre ellas aletean las hojas jóvenes, que acompañan con esa suave música, a las que ya cayeron y las miran desde el suelo.
Y, de pronto: el poema. Alguien, cerca de mí, atrapa, en su caída, una hoja enferma y recoge del suelo una ya caída. Las acaricia y las guarda entre las páginas del libro que lee… Dándoles así un cálido refugio hasta que… Y mi corazón se encoge al pensar en quienes no tendrán, cuando lo necesitarían, un cálido refugio para recorrer el camino que aún les quede…