Viejas actitudes


Me encontré en una consulta médica con un viejo sindicalista de la industria naval, curtido en huelgas y en manifestaciones, al que conozco desde hace tiempo. Y aunque rehuimos el tema con mucha habilidad, acabamos hablando de política. Me confesó que él seguía creyendo en valores como la igualdad social y los Derechos Humanos, tan necesarios ahora como hace dos siglos, cuando fueron proclamados. Pero que se siente distanciado de esta nueva izquierda que nos gobierna, lo que le produce pena y desasosiego. Un socialista y ugetista de la vieja escuela no está dispuesto a dejarse embaucar por unos jóvenes con mucha teoría, pero sin ninguna experiencia práctica en la gestión y con una clara vocación populista y revanchista. No es la política ideologizada de esta gente lo que necesita nuestro país, sino sentido común para gobernar buscando el interés general de España. Su desconfianza en esta izquierda radical empezó con la alianza y hasta complacencia mostrada con los independentistas catalanes. Ahí empezaron sus desavenencias políticas con este Gobierno dispuesto a llevarse por delante a quien no piense como ellos. Porque ahora, si disientes de alguna de sus medidas, se te cataloga, sin más, de «fascista» o de «ultraderechista», y esto uno, con tantas cicatrices en mi militancia, no lo puede consentir.

Se desahogó sin cortarse un pelo amparado en la buena relación que siempre hemos mantenido y en que yo mostré mi acuerdo en muchos puntos de sus quejas. Para desdramatizar un poco su monólogo, hablé yo de que ese gusto por las palabras categóricas y contundentes es muy propio de nuestra izquierda. En mi etapa universitaria, a finales de los años sesenta, utilizaban constantemente términos como «alienación», «marginación», «compromiso»… Una película, una pieza musical, una obra de arte, y no digamos ya una novela, debían ser «comprometidas». Por esta razón leíamos unos tochos con prosa de hormigón que, en mi caso, estuvieron a punto de arruinar para siempre la afición por la literatura. Y lo mismo pasaba con el cine: aguantamos películas que no tenían ni pies ni cabeza, pero la elite progresista, en los coloquios de aquel «Cine Club» de Santiago, se empeñaba en ver en ellas denuncias sociales, propuestas políticas, mensajes en clave. Largas elucubraciones tratando de descubrir simbologías y posibles denuncias del sistema capitalista. Eran, según algunos, películas «comprometidas», cuando en realidad no pasaban de ser una empanada de alegorías y sinrazones. Lo malo era que no podías decirlo, no teníamos el valor suficiente para hacer frente a sus reproches y descalificaciones. Yo aún recuerdo todo lo que tuve que escuchar cuando, en esos ambientes, una vez confesé que me gustaba la poesía de Borges. Después, ya nunca les dejé ver que me gustaban los Beatles porque, según ellos, sus canciones no eran comprometidas…, y aunque lo fueran, añadían, no podríamos asumir su mensaje porque no sabíamos inglés. Quien no había leído a Marx o a Lenin no tenía nivel para los debates políticos y no podía opinar estos sobre estos temas. Se demonizaba la dictadura, pero nadie decía una palabra de lo hecho por Stalin o lo que hacía Mao en China. Hoy volvemos a aquellos tiempos, pero hay una diferencia importante: ahora no gobierna Franco, no hay por qué descalificar a quien disienta de lo que dicen los que mandan. En una democracia, oponerse no significa ser un enemigo al que hay que linchar, sino una actitud que hay que respetar.

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