El golfo Ártabro es un lodazal


Hasta las almejas babosas lo saben. Las riberas, playas y ensenadas de las tres rías que forman el golfo Ártabro están llenas de lodos. Tienen fangos tóxicos y ya no tienen vida. O les queda muy poca. En las rías han desaparecido playas y aparecieron paseos marítimos, diques y barreras de toneladas de hormigón. Las desembocaduras de los ríos se convirtieron en cloacas. Literalmente todavía hay cloacas y sumideros vertiendo aguas residuales sin depurar, como en la Malata ferrolana. Durante decenas de años las industrias, embalses y explotaciones mineras hicieron tareas de limpieza vertiendo a la costa todos sus residuos, siempre argumentando el innegable valor del desarrollo económico, el progreso y la mejora de las condiciones de vida de los habitantes del arco Ártabro. La economía por encima de la naturaleza. La economía por encima de la calidad de vida. La economía por encima de la salud.

El Portus Magnus Artabrorum fue contado por los geógrafos clásicos Ptolomeo, Estrabón y Plinio. Era la zona costera habitada por los ártabros, siglos después rebautizada por Otero Pedrayo como el Golfo Ártabro. Un lugar especial habitado desde la noche de los tiempos. Ya lo escribió Álvaro Cunqueiro en su artículo La vecindad del mar: «Y los pueblos costeros fueron siempre más libres y más ricos, más generosos de mente y de corazón, conocieron gentes extrañas y recibieron noticias de otros pueblos». Y así debió ser hasta muy recientemente, cuando se nos dio por interpretar que el desarrollo económico e industrial era el nuevo paradigma salvador de la especie humana.

En el fondo de la ría de La Coruña, en la ensenada del Burgo, se van a invertir cerca de cincuenta millones de euros durante dos años para tratar de eliminar los lodos que dejaron las industrias químicas de fertilizantes. No queda una almeja viva ni siquiera con alteraciones genéticas. En la preciosa y magnífica ría de Ares se vuelven a verter, una vez más, todo tipo de lodos y residuos procedentes de los embalses construidos por las industrias energéticas. El agua del Eume ya no es agua, es un magma turbio y apestoso incompatible con la vida. En nuestra pequeña e infranqueable ría ferrolana las almejas se niegan a crecer y multiplicarse. Las ensenadas de la Malata y Caranza tienen más lodos que agua, y la poca que queda parece estar contaminada por un parásito de la familia de los parkinsus que se ensaña con las almejas como el covid 19 se está ensañando con los humanos. El marisqueo, de seguir así, tiene los días contados. Es absurdo sostener la creencia de que el mar se regenerará sólo y en poco tiempo. El golfo Ártabro necesita más sentidiño y menos lodos.

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