Algunas truchas que habitan los cursos bajos de los ríos, tal vez heridas de atávica nostalgia, sucumben a la tentación del mar. Nadie sabe por qué, en lugar de buscar acomodo en un recoveco fluvial como tantas de sus hermanas, al alcanzar la edad de merecer se abandonan a la corriente y se hacen mariscas. La proximidad del verano les recuerda sus raíces y retornan a su origen para continuar el ciclo vital. Son los reos, una presa escasa y taimada, un luchador feroz e indomable: el trofeo más preciado para los pescadores. Acaso sea el agua marina y los grandes espacios lo que les proporciona más astucia y más fiereza. Todavía queda un mes para intentar engatusar alguno en el Eume, en el Xuvia, en el Sor, en el Mandeo en el Lambre. Si la ventura nos sonríe, se abre un singular capítulo gastronómico al alcance de los elegidos (la ley prohíbe en Galicia el comercio de estos peces). La experiencia, sencilla como las obras de arte, es inolvidable. Acéptenme la sugerencia. Introduzcan el pescado en el agua en la que hierven unas patatas con una hoja de laurel y un puñado de sal gruesa ?hay quien aromatiza el caldo con puerro o media cebolla: no es necesario-. Con una mayonesa al gusto, pero que no rehúya al vinagre, o una vinagreta meticulosamente picada y después de macerar unas horas, o ambas, no se necesita más. Para las patatas, mejor si sus bordes se deshacen levemente, un poco de aceite de oliva que insinúe el picor, un cornicabra de la Meseta o un picual andaluz de recogida temprana, por ejemplo ¿Cómo? Godello, claro. El plato quiere untuosidad y ternura, pero con arrestos. Gocen de la experiencia: con los reos nunca sabe uno cuándo repetirá.