El mirlo

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL

18 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Al otro lado de los cristales ha comenzado a llover con fuerza mientras les escribo. Y el mirlo que suele acercarse a mi ventana se ha tenido que ir, supongo que a buscar abrigo en algún árbol. Me gustan mucho los mirlos, pájaros de sobrio plumaje que prefieren pasar desapercibidos a pesar de que su canto es uno de los más bellos de este mundo. El que viene a visitarme en estos días de confinamiento agradece mucho, haciendo invisibles dibujos en el aire con ese pico suyo del color de las naranjas, encontrarse algunas migas de pan. Pero jamás hace reproche alguno si se me pasa la hora de dejarle la merienda. Es como Ánxel Fole, el genial escritor lugués que todos los días, invariablemente, pasaba sin falta -como el poeta Miguel Carlos Vidal más de una vez me ha contado- por la taberna en la que comía casi siempre, y en la que lo consideraban uno más de la familia. Aunque ese día no fuese a comer allí, él iba a dar las gracias. Con Vidal, en este tiempo de reclusión, hablo por teléfono. Con él y con otros muchos de esos amigos de los que siempre se aprende, porque son, en sí mismos, inmensas bibliotecas, bibliotecas inagotables. Como Antón Martínez Aneiros, que fue uno de los sacerdotes gallegos que en los años sesenta alzaron su voz para pedir libertad y lo pagaron muy caro. Tengo a mi lado, desde hace más de tres semanas, un cuaderno forrado con papel de aguas en cuya cubierta he escrito El tiempo de la soledad. Ahí sigue. Pero, excepción hecha de esas palabras, en él no he escrito absolutamente nada. Pienso mucho en todos ustedes, eso sí. También en mis difuntos, y en la casa en la que nací. Está saliendo el sol entre las nubes. Voy a abrir la ventana.