Tiempo


Nunca tenía tiempo para desayunar con calma. Para mirar el mar por la terraza y coger aire. Para vestir a los niños con tranquilidad. Y vestirme yo. Para maquillarme. Mirarme al espejo. Pensar sin aturullarme. No mirar el reloj.

Nunca tenía tiempo para ordenar el armario. Reorganizar los juguetes. Quitar lo que no uso. Tirar lo que no vale. Aprender a limpiar cristales y blanquear juntas de azulejos. Cogerle gusto a recoger la cocina. Hacer tortitas. Un brunch. Comer en la terraza un martes. O montar un picnic en el salón.

Nunca tenía tiempo para inventarme juegos -no se me da nada mal-. Hacer manualidades. Montar una playa en la terraza. Crear un parque de bolas con los cojines del salón. Celebrar una fiesta virtual. Hacer un circuito con rollos de papel higiénico. Ver una serie juntos en el sofá.

Nunca tenía tiempo para vivir sin comprar. Para dejarme el pelo largo. Comprobar si tengo canas. Que Adriana tenga melena. Mario, rizos. Que me encuentre bien con sudadera y mallas. Nunca tenía tiempo de escribir sentada en el salón, de corregir mirando al mar, de hablar por teléfono sin que suenen las alarmas. De reunirme por videollamada, de repasar de noche, de mirar publicidades tan de mañana.

No tenía tiempo. Ahora lo tengo. Pero no tengo a la familia, los amigos y los compañeros de trabajo. Los besos y abrazos. La rutina. La otra. Los paseos y las prisas. Los madrugones y el estrés.

Cuando todo vuelva a la normalidad, y la vida vuelva a ser aquello que ahora hemos perdido, quiero acordarme de esto que hoy escribo. De que la vida debe seguir, pero que el tiempo nunca vuelve. Y eso lo había olvidado.

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