Enseñar es un acto humano


La llegada del virus, de cuyo nombre no quiero acordarme, ha roto el calendario académico a todos los niveles educativos. Casi sin tiempo de reacción y con la mejor de las intenciones los responsables del sistema educativo han encontrado la solución: la formación telemática. De la noche al día, los alumnos de infantil, primaria, secundaria y los universitarios se han visto invadidos por una suerte de macedonia incongruente e improvisada de videoconferencias, de reuniones virtuales y de recursos en línea. La conexión a internet, los ordenadores, las tabletas y los móviles están ahora más cotizados que nunca en nuestros hogares. Se han convertido en nuestra única tabla de salvación a este obligado y necesario confinamiento.

La receta está clara: más pantallas digitales que nunca para superar el cierre de colegios, institutos y facultades. Esto denota un gran desconocimiento de lo que implica realmente el acto de enseñar y de aprender. Educar es un hecho profundamente humano y nada puede reemplazar esta experiencia vital única. Sin negar la evidente utilidad de las nuevas tecnologías, esta crisis sanitaria, que ha sustraído parte de nuestra libertad, es una gran oportunidad para abrir un paréntesis y reflexionar sobre la deriva, cada vez más deshumanizada, del arrollador mundo globalizado en el que vivimos. Ahora, en el ámbito de nuestros hogares, es el momento para recuperar la dimensión más humana e íntima de la vida. Leer, pensar, dialogar y amar son acciones más necesarias que nunca. En el incierto futuro que se abre ante nosotros, la Cultura y las (denostadas) Letras van a ser fundamentales.

La tecnología es una herramienta vacía que te puede hacer libre, pero que también te puede abrumar y esclavizar. Lo virtual deshumaniza un acto irrepetible como es la enseñanza. A diferencia de un ordenador, la palabra cercana de un profesor o de una profesora puede cambiar la vida de nuestros hijos. Las verdaderas lecciones se comparten en las aulas. En opinión del filósofo francés George Steiner, una enseñanza de mala calidad es, casi literalmente, un asesinato. No va a pasar nada irreversible por perder unos meses de clase mal improvisados por vía telemática. ¡Reflexionemos!

Por Juan Luis Montero Profesor de Humanidades

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