Parlamentarios de malas digestiones


Ferrol

La sesión de investidura comenzó bien. Y terminó mal. El discurso del candidato estaba lleno de propuestas y palabras alentadoras. Sobre ellas se podía armar un debate, apoyarlas, rebatirlas, solicitar su concreción en plazos y presupuestos. O incluso negarlas. Durante hora y media larga oímos hablar de justicia social, fiscalidad justa, economía social de mercado, educación, sanidad, dependencia, derechos y libertades, cohesión territorial, reto demográfico, lucha contra el cambio climático, revalorización de las pensiones, revolución tecnológica, crecimiento económico y creación de empleo, trabajo digno, estable y de calidad, lucha contra el fraude, futuro verde, cuarta revolución industrial, derechos de los trabajadores autónomos, mundo rural y sector pesquero, protección de espacios naturales, impulso a la cultura y el deporte, renovación del Pacto de Toledo, revalorización de las pensiones, incremento del salario mínimo, gratuidad de la educación obligatoria, uso social de la vivienda, transparencia, regeneración y lucha contra la corrupción, derecho a una muerte digna, violencia de género, España del autogobierno de las Autonomías, racionalización de los horarios, integración europea, cultura del acuerdo y no del enfrentamiento, y cosas así. Aunque lo que vino después fue precisamente enfrentamiento y la que se armó fue la marimorena. El Congreso de los Diputados renunció a ser una cámara parlamentaria. La palabra sabia, reposada, serena y firme se sustituyó por los gritos, insultos y descalificaciones. En medio de un vocerío tumultuario y chabacano sobresalían otro tipo de expresiones: franquismo, terrorismo, ETA, felonía, romper España, golpe de Estado, represión, presos políticos, fascismo, traición, trincheras. La clase política había decidido actuar con poca clase, sin educación, sin decoro parlamentario, haciendo gala de un estilo guerracivilista muy alejado de la mejor tradición parlamentaria. La historia se repite aunque ahora se parezca más a una lavadora, dice Benjamín Prado, que da vueltas sobre sí misma destruyendo la ropa al tiempo que la lava. Julio Camba ya vivió una situación similar y se lamentó en una de sus maravillosas crónicas parlamentarias añorando «una oratoria propicia a las buenas digestiones… que no abandonaba la sonrisa sin perder la intención, sin gritos inoportunos ni puñetazos inesperados». Era, decía Camba, «la única oratoria que tiene razón de ser, puesto que ninguna verdad hay en el mundo que merezca la pena de decirse a gritos». Los nuevos representantes de la ciudadanía han dado muestras una vez más de que la gobernabilidad de España les importa un comino. Lo confirmó una diputada independentista.

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