El camposanto de Canido


Ferrol

Noviembre es el mes de los muertos. El de los santos y los fieles difuntos. El mes de las misas, del recuerdo, de los ramos de flores. Noviembre es, cada vez más, el mes de las tertulias sobre la muerte en los cafés capitalinos. De la santa compaña y los ofrecimientos en las capillas de las aldeas. De la disputa entre el Samaín, el Halloween y las guerras comerciales que rebajan los precios en las grandes superficies para que, entre tanto muerto, los vivos no se olviden de consumir. Y es, por derecho propio, el mes de los cementerios. De aquellos de primera categoría que forman parte de las rutas europeas y tienen cola para ir a sus visitas guiadas. Y de los que, construidos por afamados arquitectos, como el de Finisterre, siguen vacíos porque a los vecinos les parece un lugar muy poco recogido, a pesar de sus inmejorables vistas al mar. Cementerios y panteones ilustres, que conservan a su lado el antiguo camposanto ahora reconvertido en parque. Cementerios pequeñitos, familiares, como el de San Pedro de Leixa. Cementerios ingleses. Cementerios árabes. Cementerios en los atrios de las iglesias, en sus criptas, y cementerios civiles, municipales, acogedores de todos los muertos.

Cementerios que recibieron un impulso notable en el reinado de Carlos III, aquel Borbón con el que Ferrol dejó de ser una aldea de pescadores. En 1787 dictó una Real Cédula en la que prohibió en España las inhumaciones en las iglesias, debido a la multitud de enterramientos causados por epidemias terribles y que producían un hedor intolerable en las iglesias parroquiales más relevantes. En el caso ferrolano la peste de 1769 se llevó por delante 1.173 adultos y 899 niños, según las cifras del alcalde mayor Fernando Vivero Calderón citadas por el historiador Alfredo Martín. La parroquia de San Julián y el convento de San Francisco, en las que se producían más de 1.500 enterramientos anuales, eran un auténtico foco de infección.

Desde 1755 se habían habilitado ya tres ferrados de terreno en Canido, lugar alto, ventilado, que cumplía las condiciones higienistas dictadas por la Ilustración. Allí comenzaron a celebrarse los enterramientos muy a pesar de la Iglesia Católica, que vio menguar sus ingresos por la disminución de enterramientos en suelo sagrado. Y así se convirtió el Cementerio de Canido en uno de los más antiguos de España, junto con el del Real Sitio de San Ildefonso y el del Poblenou en Barcelona. Ferrol era una ciudad modelo en el cuidado de su población. En períodos muy tempranos contó con alcantarillado, alameda, hospital y cementerio. El desaparecido cementerio de Canido, con su leyenda sobre la puerta grande: «Venid a meditar. Venid a aprender la ciencia de morir».

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