Pantín Classic


Acabó el Pantin Classic. Ahora lo llaman de un modo más esnob, más pijo y más siervo del que paga. El cambio de nombre pareciera propio de nuevo rico porque escamotea el origen, su raíz en el arenal de la parroquia valdoviñesa de Pantín, y se desentiende de una historia que anda ya por los tres decenios. Ignoro las intenciones o ambiciones de quienes tomaron la decisión, en realidad el surf apenas despierta mi interés, más allá de tratarse de un deporte náutico que, si se quiere, puede ser respetuoso con la naturaleza. Pero me molesta el tufillo de deslealtad y de falta de respeto hacia unos vecinos que, desde siempre y sin necesidad de entender de surf, ceden sus tierras para que aparquen sus coches los espectadores, y colaboran desinteresadamente. Me irrita que no se reconozca esa generosidad en el nombre mismo de la prueba. Desde la casa que habito en Marnela he visto cómo eran expulsadas del monte unas personas que intentaban desplegar un cartel con la leyenda Pantin Classic, que sí exhibieron un rato días más tarde. Tampoco lo entiendo. Ni lo comparto. No comulgo con los dogmas de los conversos. En fin, acabó el Pantin Classic y ya puedo dedicarme al raque en la playa: pequeños cordeles que arrojan por la borda los pescadores cuando acicalan sus aparejos, boyas, informes pedazos de madera lijados por las olas. Más aun: gozo del milagro de pisar la arena sin ser hostigado por perros sueltos y amos que los observan más embobados que si les concediesen un doctorado honoris causa. El prodigio no se repite todos los días, pero cuando se obra el ensalmo, la playa de Pantín brilla como el sol. Acabó el Pantin Classic, bienvenido el Pantin Tranquilic.

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