A la portuguesa


Las personas, seres sociales, buscamos referencias a las que compararnos. Casi siempre elegimos a los que creemos mejores en sus campos de actuación. Los españoles pensamos que los ingleses son un buen ejemplo en el respeto a sus tradiciones, los alemanes son el modelo a imitar en cuanto productividad en las empresas y los franceses en la defensa de sus valores patrios. Pero no suele ser habitual elegir un modelo de menor tamaño y que haya tenido problemas en el desempeño reciente. Y aquí viene lo bueno, lo que particularmente me genera más simpatía. El gobierno español en funciones, sustentado por el partido que claramente ha ganado las últimas contiendas electorales, afirma que vería con buenos ojos formar un gobierno a la portuguesa. ¡El ejemplo es Portugal! Un país que tiene casi cinco veces menos habitantes que España y un PIB tres veces menor. Un país que fue rescatado por Europa, y lo ha asumido y superado, no como el Reino de España que también pidió un rescate para salvar a la Banca envuelto en una sarta de mentiras y eufemismos, aunque el resultado será el mismo: lo pagamos entre todos. Pero un país que, gracias al gobierno de Antonio Costa en estos últimos cuatro años -con todos sus vaivenes y dificultades- ha conseguido situar el paro por debajo del 7 % (España está en el 14 %), mejorado sus servicios públicos, ha dado un salto de gigante en materia educativa y presenta ahora un Índice de Desarrollo Humano equiparable al de los mejores.

La fórmula del gobierno a la portuguesa no es nada nueva, por otra parte. Casi nada lo es. El partido mayoritario, los socialistas, formaron un ejecutivo con el apoyo de los partidos de izquierdas aunque sin coaligarse. Vamos, lo que hemos tenido en España en muchas ocasiones y tenemos ahora en Ferrol, sin ir más lejos. La novedad es que por primera vez en muchos años en España se habla de Portugal, país que para los gallegos no es un país vecino, es un país hermano.

El pueblo portugués es admirable porque valora su historia y su cultura. Se valora a sí mismo y por eso no da cabida a exabruptos independentistas. Ha convertido a Lisboa en un referente mundial. Se enorgullece de Camòes, Eça de Queiroz y Pessoa. De sus librerías Bertrand y Lello y de la biblioteca Joanina. Del fado de la Alfama y de Coimbra. Del primer News Museum de Europa, en Sintra. De la nao quinhentista de Vila do Conde, ciudad hermana de Ferrol. De los cafés históricos, del mercado de lavradores y del vino de Oporto. De vivir su día a día alrededor del Sol.

Definitivamente es bueno que los políticos españoles miren al oeste y traten de aprender a hacer política sin gritos ni aspavientos ni sobreactuaciones mediáticas. A la portuguesa.

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