Eran media docena de personas, con un mapa de la ciudad abierto encima del capó de un coche. Les pregunté si podía ayudarles en algo. Querían saber el recorrido preciso del Camino Inglés por las Angustias y el barrio de Esteiro, ya que no encontraban el indicador amarillo de la ruta. Les indiqué que tenían que pasar por delante de las dos puertas del astillero, y lo hice no porque supiese con detalle el recorrido del Camino Inglés por nuestra ciudad, sino dejándome guiar por las imágenes diarias que veo de las decenas de peregrinos que optan por realizar esta ruta.
Era sábado. Me preguntaron si la oficina de turismo del puerto estaría abierta e igualmente la Concatedral de San Julián. Pillada.
Me dio rabia no saber informarles con exactitud, y pensé entonces cuántos ferrolanos se encontrarían en el mismo caso que yo. Percibiendo poco a poco el incremento de este turismo silencioso y al que, sospecho, no estamos mimando como se debiera. Ya no hay día en el que, desde mi puesto de trabajo en el Cantón, no vea ese ejército de hormiguitas con sus mochilas y bastones que van siendo legión, atravesando la alameda. Y, cada vez más, peregrinos extranjeros.
A los ferrolanos nos encanta regodearnos en todos los tópicos negativos sobre nuestra ciudad. Tanto, que está en nuestro ADN extrañarnos de que tenga tirón turístico. Llevamos décadas clamando por la diversificación de nuestra economía, soñando con grandes empresas tractoras que vengan a revolucionar el empleo y sin embargo seguimos sin ver esos pequeños cambios que, bien orientados, pueden ser de calado.