La larga trenza

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL

Gabriel García Márquez decía que sus abuelos tenían sangre gallega. De Galicia, tierra que lo fascinaba, parecía proceder -y así lo escribió él- el talento para contar historias que poseía su abuela Tranquilina, la que cocía el pan en un horno que al final se llevó una crecida del río: una mujer que sacó adelante a su familia en ese Macondo que también se llama Aracataca, y que en su vejez había perdido la vista pero mantenía intacta la capacidad de conversar con quienes ya se habían vuelto invisibles. Parece evidente que esa abuela del autor de Cien años de soledad, la que era de los dos lados del mar al mismo tiempo, debió de tener un papel importantísimo en el acercamiento de García Márquez al mágico envés que se oculta, como casi todos los tesoros, al otro lado de la realidad. Las abuelas saben convertir en un paraíso para los niños hasta la más humilde de las moradas. Y, como la vida y el refranero nos enseñan, son madres dos veces. Cosa que nos permite decir, aquí, que las bisabuelas no solo son dos veces madres, sino que lo son, incluso, tres. La bisabuela junto a la que yo crecí se llamaba Carmen, como mi madre y mi abuela. Pero a diferencia de su hija, que hacía pan, ella había sido lavandera. Lavaba ropa en Sillobre, y después la llevaba a pie a Ares. Lavaba de noche, y mientras iba al río, a través de caminos sin luz, se encontraba, cada dos por tres, con toda clase de seres fantásticos, a los que jamás tuvo miedo. Bajo la pañueleta negra con la que se cubría la cabeza ocultaba, recogida en un moño, una larguísima trenza, blanca y resplandeciente como la Vía Láctea. Cantaba maravillosamente. A veces aún me parece oír su voz. Y, por suerte, cuando cierro los ojos todavía la veo.