Necesarios, pero con orden


Esta semana, por las calles de Ferrol, hemos visto mucha gente y una animación reconfortante. Los excursionistas rubios de un crucero, los cofrades y portadores de tronos que se concentran para hacer sus ensayos para la Semana Santa, los integrantes y acompañantes de los coros sénior universitarios que tuvieron su Encuentro nacional de cada año en el teatro Jofre… La gente en la calle siempre anima porque parece que hay más vida en la ciudad, aunque yo en este terreno del turismo vivo en una contradicción permanente. Por un lado, me molesta encontrarme, en los viajes que uno hace por Galicia o por España, con aglomeraciones de gente, con sus excesos y su jolgorio, que no ayudan a disfrutar de nada de lo que uno quiere ver y admirar. Por otro, es cierto que el dinero que trae el turismo -la principal industria de España-- es muy necesario para una economía precaria como la nuestra.

Tenemos unas condiciones naturales excelentes que ofrecer y una infraestructura hotelera y gastronómica muy importante, que hace del país algo muy apetecible para esos europeos que vienen del frío del norte y que comen a diario alimentos congelados. Pero el precio pagado fue muy alto: hemos bombardeado con cemento armado a discreción nuestras costas, principalmente las mediterráneas, arruinando de forma irreparable la belleza de los paisajes naturales.

De todas formas, el turismo actual, el que nos encontramos en las playas, en lugares históricos y hasta en museos, no es más que una muestra de la frivolidad de nuestro tiempo. Antes se viajaba para conocer, o en todo caso, los viajeros sabían a dónde iban y por qué. Los celtas enfilaron el camino hacia el finis terrae en un intento de conocer el «Más Allá» y lograr entender lo ininteligible. Y millones de cristianos se pusieron en marcha hacia los Santos Lugares o se echaron a recorrer el Camino de Santiago movidos por sus creencias, aunque no exentos de aventura y curiosidad. Hoy da la impresión de que una gran mayoría viaja para decir que viaja y para traerse a casa en el móvil unas fotografías que atestigüen que estuvo allí.

Quedan pocos sitios que poder disfrutar sin el agobio de masas. Hace años que esa privacidad se nos ha esfumado. La última vez que pude vivir un paisaje y una experiencia artística casi en la intimidad fue en un viaje a Santiago de Peñalba, cerca de Ponferrada. Fuimos allí por indicación de un amigo, en busca de una iglesia mozárabe, alrededor de la cual se levantó un curioso y pequeño pueblo que se dibuja entre dos montañas, en un valle que se conoce como «del Silencio», por la soledad en que se acunan pueblo, valle y montañas desde siempre.

No había nadie, sólo la mezcla sugerente de soledad y belleza. Entramos en la iglesia, una pequeña joya del arte mozárabe, en donde una mujer con un arpa y un ciego con una voz amable y profunda cantaban una melodía árabe o judía. Una música de otro tiempo, sencilla y hermosa, con siglos de antigüedad en cada una de sus notas. Un canto de líneas redondas y doradas, que acariciaba el silencio del lugar. Nos miramos perplejos.

Nos quedamos quietos y mudos, y de alguna manera contribuimos a aquel instante mágico también con nuestro silencio. Después de una hora mágica, salimos de allí maravillados, hasta que nos volvió a la realidad un autobús cargado de escolares, que estaba llegando al pueblo, que saludó con unos bocinazos y con los gritos de la chavalería. Menos mal que ya nos marchábamos.

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