Rosendo


He de confesarles que el martes, cuando recibí la noticia del fallecimiento de Rosendo Yáñez, de uno de los más grandes amigos que la cultura irlandesa ha tenido, a lo largo de su historia, en Galicia, no supe ni qué decir. Me parecía mentira que se hubiese ido. Porque Rosendo, que era natural de A Pedra, en el municipio de Cariño, tenía 84 años, sí, pero fue joven siempre. Sacerdote muy querido (¿qué voy a decirles, que ustedes no sepan...?), se formó en el Seminario de Mondoñedo, antes de proseguir sus estudios en Salamanca y en Roma. Poseía una inmensa cultura humanística, a la que solo superaba en grandeza su corazón. Y era un gran contador de historias: un narrador en cuya voz se daban la mano una sabiduría verdaderamente enciclopédica y la maestría de quienes, a lo largo de los siglos, aprendieron a escribir su literatura en el aire junto al fuego del hogar, ese fuego que en Galicia será sagrado hasta el fin de los tiempos. Al igual que Benedicto XVI, Rosendo era un gran devoto de San Columbano, de Columbán de Luxeuil: del monje irlandés (al que a veces se confunde con San Columba de Iona) que nació en Navan (An Uaimhm, en la vieja lengua gaélica) en el año 542 y que falleció en el año 615 en Bobbio, en Italia, tras haber fundado monasterios en media Europa. A caballo entre los siglos VI y VII, Columbán entendió, o al menos intuyó muy bien, qué debería ser, frente a la historia, el espíritu europeo. Un espíritu de sólida hermandad entre pueblos, tierras y lenguas, del que nadie debería verse excluido jamás. Exactamente lo que Rosendo encarnaba hoy, en pleno sigo XXI, y que vivirá para siempre en su legado, ahora que él ya ha visto a Dios.

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