El arte de pasear


El Instituto para la Métrica y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington (USA) ha informado recientemente que España será el país más longevo del mundo en 2040, con una esperanza de vida de 85,8 años. Buena noticia, un tanto esperada y de la que ya estábamos apercibidos. Los españoles nos esforzamos en vivir más y mejor. Es una manía que tenemos de siempre, aunque a veces la hemos disimulado con guerras fratricidas y dictaduras sanguinarias. Pero últimamente no. Se nos ha dado por profundizar en eso que llamamos el estado del bienestar, entre otras cosas, y nuestra esperanza de vida aumenta año tras año. Los científicos americanos destacan cinco factores en los que los españoles somos catedráticos. El primero de ellos, el paseo. Es verdad que pasear constituye un arte no exclusivo de nuestros conciudadanos, aunque sí es muy propio de la larga tradición europea. Charles Dickens paseaba de noche por Londres, buscando el sosiego que combatiera su insomnio. Nícola Tesla mantenía la disciplina de pasear 12 kilómetros cada día. Charles Darwin hacía tres paseos diarios de 45 minutos, imprescindibles para estimular su creatividad. Albert Einstein andaba 5 kilómetros diarios hasta la Universidad de Princeton, donde impartía clases. Y Alexander von Humboldt paseaba bajo los tilos ante la Academia de Ciencias de Berlín, hasta cumplir 89 años. Los grandes científicos y pensadores fueron amantes del paseo, en compañía con la que mantener amenas charlas o en solitario para dialogar consigo mismo. El paseo, en el caso español, evolucionó hasta convertirse en una proeza en sí mismo, sin necesidad de tener que producir nada relevante. Ni una idea genial, ni un descubrimiento, ni un avance científico. Los españoles aprendimos a pasear por pasear, a pasear para perder el tiempo, a pasear para no hacer nada. Y ahí radica la clave del éxito del paseo español. Julio Camba explicaba la importancia del paseo: «es preciso que vayamos a él con la misma seriedad con que iríamos a un entierro». El paseo, decía, debe ser el pulmón de la ciudad, un lugar al que ir sin prisas ni ansias. Un lugar «delicioso», podríamos añadir los ferrolanos cuando bautizamos ese lugar especial como el Paseo de las Delicias (ahora Cantón de Molins). A pasear, escribió Camba, hay que ir para darle una tregua saludable a los nervios y al espíritu.

Hemos de darle la razón a los científicos americanos. Hoy paseamos por parques, alamedas y cantones. Tenemos paseos marítimos, hacemos paseos por las playas y los cascos históricos. Paseos sin rumbo, reflexivos y solitarios o con compañía y conversación. Paseos al estilo español, con un arte y prestancia que nos alarga la vida.

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