Contrastes


Ferrol

En unos contenedores de la calle María me encontré una de estas noches prenavideñas a una familia entera: los padres con tres hijos entre la niñez y la adolescencia. Con disimulo, revolvían en los recipientes en busca de comida: hay varios bares en esa manzana y era probable que hubiese algún desecho aún aprovechable. Pasé a su lado con el mismo disimulo, mientras revivía en ese momento lo que había leído, ahora no recuerdo dónde, y que relataba una escena grotesca, sino fuera tan triste: cómo dos ricachones que visitaban Nueva York querían cenar en un buen restaurante. Y a uno de ellos se le ocurrió preguntarle a un mendigo si conocía alguno bueno y caro por la zona de la ciudad en la que se encontraban. No recuerdo si la pregunta fue hecha por torpeza o por cinismo, pero el caso es que el mendigo, después de consultar con otro indigente, les dijo el nombre de uno. Les aclaró, innecesariamente, que él no había comido nunca allí, pero a juzgar por la calidad de lo que tiraban a la basura, la comida tenía que ser sabrosísima. «Si los cuellos de pollo que encontraban en los desperdicios eran exquisitos, ¿qué no serían las pechugas con mesa y mantel?», razonaba el mendigo.

Pero volviendo a la imagen real contemplada por mí y que es tristemente frecuente en las calles de nuestras ciudades, no deja de ser patético que toda una familia tenga que sobrevivir buceando de noche entre los desperdicios de los contenedores. Y más aún cuando sabemos que el 25 % de lo que compramos en estas fechas acabamos tirándolo a la basura. Hace unos años, la empresa sueca Ikea hizo público un estudio según el cual los españoles desperdiciamos una cuarta parte de lo que metemos en la cesta de la compra. El estudio se basaba en los testimonios de 64 empleados del servicio público de limpieza en diferentes ciudades. Estos trabajadores incluían comentarios sorprendentes, como que habían llegado a encontrar en la basura piezas enteras de carne sin cocinar o rollos de carne cocinados que ni siquiera habían sido probados…

Estamos en la sociedad de los excesos. No hay más que ver el enorme despliegue que hacen los medios de comunicación por estas fechas, animando a comprar alimentos de todo tipo, a presentar «mesas con encanto» y con productos casi siempre caros y distintos. Y la gente normal, la que hace la compra en los supermercados cercanos a su domicilio, hace cola en las cajas con unos carros cargados a rebosar, como si se fueran a acabar los productos. Nadie se libra de esta presión consumista que entre todos, con la ayuda inestimable de la publicidad, hemos implantado. Parece que no puede haber una fiesta familiar grata y placentera si no se ofrece un menú largo, abundante y, a ser posible, caro.

Eran otros tiempos, claro, pero yo recuerdo que en la Nochebuena, en todas las casas de mi pueblo se cenaba bacalao con coliflor, para terminar con un trozo de turrón y unos higos y avellanas. El día de Navidad, un buen pollo de corral asado al horno, y dábamos por concluidas unas fiestas absolutamente normales, que nos servían para reunir a la familia más allegada y que no eran menos gratas ni satisfactorias que las de ahora. Lo importante era la presencia de las personas y las ganas de estar y de compartir compañía. Y, desde luego, no se tiraba a la basura nada que fuera aprovechable. Con lo que ahora nos sobra, familias enteras, como la que revolvía los contenedores, podrían cenar decentemente, al menos estos días.

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